jueves, 21 de abril de 2011

El habla de los porteños: copado chamuyo autóctono

El lenguaje es un hijo mutante de su época. La Babel porteña amasa su decir con vocablos nacidos por grupos de edad, por origen, por oficio, por sector social. El tiempo los olvida o los convierte en patrimonio común.



Recordaba aquellas ho­ras de garufa cuando minga de laburo se pa­saba, meta punguia, al codillo escolaseaba y en los burros se ligaba un metejón; cuando no era tan junao por los tiras, la lan­ceaba sin tener el manyamiento, una mina le solfeaba todo el vento y jugó con su pasión." Es un frag­mento de tango "El ciruja", que Er­nesto de la Cruz y Francisco Alfre­do Marino compusieron en 1926. La canción es uno de los ejemplos más acabados del lunfardo en el género, con más de 30 voces en toda la obra.

Luego llegó el lirismo de Ho­mero Manzi, Enrique Santos Dis­cépolo y Cátulo Castillo. Pero esos términos daban cuenta del habla de los porteños; de esos tipos que -nunca más cabal la expresión- descendían de los barcos y llega­ban a una ciudad en plena ebulli­ción. Ahora, cuando el siglo XXIestá haciendo sus primeros palo­tes, ¿cómo cambió la forma en la que hablamos los habitantes de esta urbe? ¿Qué influencia tienen Twitter, Facebook, los mensajes de texto y otras tecnologías en la economía del lenguaje? ¿Aca­so aquellos grupos de malevos no pueden con justicia considerar­se una "tribu urbana" de aque­llos años?

Periodista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, Marcelo Héctor Oliveri cree ne­cesario definir qué es el lunfardo. "Es un conjunto de palabras que utilizamos los hablantes riopla­tenses, en oposición a los térmi­nos establecidos. Hay gente que piensa que el lunfardo es hablar al revés o un lenguaje tanguero, de marginales y carcelario. Y tie­ne una relación con la inmigra­ción, con los términos que traje­ron nuestros abuelos y bisabuelos desde Italia, España, Turquía y muchos otros países. Además, cada lugar tiene su regionalismo. En Buenos Aires, si alguien pide que le traigan el changuito, segu­ramente esa persona quiere ir al supermercado. En Jujuy, llamarán al pibe."

Oliveri hace una suerte de seguimiento personal de neolo­gismos en diarios y revistas. "Los viernes, compro el suplemento joven de Clarín. Ahí aparecen pa­labras que son tan lejanas para nosotros como el chino, pero al tiempo saltan a otras seccio­nes del diario y a los pocos me­ses la está usando Macri", ilus­tra. Cuenta que hace unos años leyó en una nota que un can­tante tenía que "bajar un cam­bio" y dejar las adicciones. Lue­go, el jefe del gobierno porteño la usaba para despotricar contra un opositor.

Petitero (habitués de los petit café), caquero (engreído), cheto y ¡qué plato! son expresiones que despertarían risas y acusaciones de antiguo o pasado de moda en quien las utilice. En cambio, esta­ría muy bien verse una peli el fin­de, si esa chabona que tanto me gusta no se ortiba, se copa y me da cabida.
"No me asusta que se creen todo el tiempo nuevas palabras porque el lenguaje es algo muy dinámico. Sí me preocupa que los chicos usen sólo entre 20 y 30 palabras, que el ‘nada' sea una de las tantas muletillas que desnudan falta de recursos para decir cosas. Sólo usan las pala­bras que escuchan y las repiten todo el tiempo. No leen, y eso sí es grave. Homero Manzi comen­zó a componer canciones a los nueve años. Hoy no hay muchos chicos de esa edad que tengan esas cosas para decir", analiza Olivieri.

Director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Fi­lológicas de la Academia Argen­tina de Letras, Francisco Petrecca da un ejemplo muy cotidiano para graficar la forma de hablar de los porteños. "Cuando vivís en un barrio y te armás una rutina, to­más a lo sumo tres o cuatro líneas de colectivo. Y si te mudás, sumás otras tantas, pero no mucho más. Es una cuestión de como­didad. Hoy en día hablamos con muchísimas muletillas por pereza, por desconocimiento de otras vo­ces y porque es fácil. Es una fa­lencia que viene desde la escuela, una institución que muchas veces se plantea que lo bueno es no ha­cer nada novedoso y repetir lo ya dicho", critica.

Petrecca cree que, final­mente, es un tema de una libertad lingüística que no estamos ejerciendo. "Tene­mos la capacidad para ex­presarnos en diferentes registros del habla, con las múltiples posi­bilidades que nuestro idioma per­mite. Sin embargo, hoy todo es boludo y boluda. No me moles­ta la palabra; me molesta que se pierdan precisiones." Hay formas múltiples de llamar a un amigo y también de decirle que, en nues­tra opinión, es medio tonto.

Oscar Conde, licenciado en Letras, docente, ensayista y poe­ta, cree que los medios juegan un papel fundamental en la for­mación de neologismos. Y saca a relucir su lista de "palabras te­máticas".
"La revista dislocada comen­zó a usar la voz gorila; Niní Mars­hall dijo aquello de tarúpido por estúpido y Telecómicos, en los 70, acuñó el inoxidable pendor­cho. Más recientemente, algunas palabras aparecieron desde el programa de Tinelli, como con­chero o botineras. Pero hay un fenómeno que no ocurría antes: el uso se extiende rápidamente -quizás en menos de una sema­na- hacia el interior del país; la forma de hablar de Buenos Aires es una suerte de modelo que to­man, por ejemplo, en Salta o Ju­juy. Muchos puristas creen que el lenguaje del chat o el Twitter cambiará la forma de hablar. No lo creo. Un adolescente le escri­be a su novia por mensaje tkm, pero estoy seguro de que cuan­do la ve le dice te quiero mucho. Sí es preocupante la falta de vo­cabulario y que esas formas de escritura lleguen a la escuela. El chico debe poder diferenciar los dos registros."

Oliveri, de la Academia del Lunfardo, busca ser conciliador. Dice que a la fuerza tenemos que cambiar el habla por­que, caso contrario, que­damos afuera de las char­las. "Hace 20 años, no existía el chat, ni el e-mail y el mouse era el ratoncito de Disney. Ésta es el habla actual de Buenos Aires, nos guste o no. Algunas de estas nuevas pa­labras perdurarán y otras no. El lunfardo tiene muchas que aún tienen vigencia", dice. Mientras Marcelo habla, afuera de la Aca­demia, una mina y un chabón hacen cola en un local. Están buscando laburo. Andarán mal y sin vento.

Enrique Durán Redacción Z

La Boca: nieblas del Riachuelo

El viejo transbordador, los botecitos que aún llevan a la isla Maciel, las tiendas de ropa de trabajo, los conventillos: un territorio de la clase obrera.


Ya no hay carros que pretendan trepar al transbordador para cruzar hacia la isla Maciel. Los yuyos siguen carcomiendo el viejo puente de hierro inaugurado en 1913, y no hay señales de que vayan a reparar­lo a corto plazo. El sol de mediodía rasgu­ña a los pasajeros que esperan el colectivo. nodo de transportes ubicado en el cru­ce sinuoso de las avenidas Pedro de Men­doza y Almirante Brown, en La Boca, es ca­becera de la línea 152, a Olivos, y de la 46, a San Justo. Los tres puntos cardinales y, más allá, la salida al Río de la Plata. Un par de turistas desorientados se preguntan si pueden seguir tomando fotos allí donde el paisaje cambia. Hay colores, pero no tan­to. La zona comienza a tomar en este pun­to su verdadero sabor a barriada industrial deconstruida. Las marcas están a la vista: cintas continuas, los puentes que transpor­taron durante décadas a miles de obreros desde y hacia Avellaneda, y la descascarada tienda de ropa de trabajo. Rústicas Ombú y Pampero mezcladas con camisetas de Boca y de River, para el turismo. Cien metros más adentro, por Brown, el almacén naval y los piringundines. Sí, de los de antes. La parri­lla con Wi-Fi y a una cuadra, el taller de mo­tores transformado en bodegón.

Al pie del transbordador, el embarca­dero fluvial es testigo de todas las épocas. Los botes colectivos transportan a los pasajeros a la Isla Maciel. Un mi­nuto de viaje, un peso. No es ne­cesario llevar mo­nedas. Los botes funcionan entre las 6 y las 22. Exis­ten otras opciones para cruzar hacia la orilla de enfrente. En 2010, Vialidad Nacio­nal restauró a nuevo las escaleras mecáni­cas de acceso al puente Nicolás Avellane­da, inaugurado por el presidente Roberto Ortiz setenta años atrás. Agregaron ascen­sor para cuatro personas y pasarelas cerra­das con vista panorámica a toda La Boca. El paseo peatonal demanda diez minutos y el acceso es gratuito. Esta alternativa restó pasajeros a los botes. La otra posibilidad es cruzar en colectivo, algo más cómodo si se quiere saltear la isla Maciel y llegar directa­mente a Dock Sud. Las líneas indicadas son la 33 y la 159, más conocida como El Blan­quito. Del otro lado, en el Doque, hay una zona comercial muy activa y los frentes de chapa de los conventillos aparecen unifor­memente plateados. La orilla vecina desafía el colorido boquense.

Toda la zona de la Ribera sufrió una completa transformación en 1997, cuan­do se construyó la nueva rambla elevada poco más de un metro, que oculta el sis­tema de bombas de desagote. Desde en­tonces las inundaciones son un recuerdo, aunque para nada borroso. Los vecinos no olvidan la postal del remolcador que, arras­trado por la sudestada, fue a hacer compañía por mucho tiempo a los autos esta­cionados en la calle Necochea. La rambla arrancó la melancolía del paseo a pie sobre los adoquines, bordeando el agua. Y la fe­roz vuelta que acostumbraba dar el colec­tivo 20, acelerador a fondo, casi adherido a la línea del Riachuelo. Choferes más gua­pos, aquéllos.

Para sellar la tradición barrial, junto al viejo transbordador aparece el cuartel de bomberos. Destacamento La Boca de Bomberos de la Po­licía Federal lleva la batuta, junto al Cuartel IIIde Ba­rracas, a la hora de apagar incendios. ellos se suman los dos cuarteles de voluntarios, los rojos de Tomás Li­berti (Voluntarios de La Boca, fun­dado en 1889) y los verdeamarillos de Francisco Car­bonari (Voluntarios de la Vuelta de Rocha, 1935). Un viejo clásico de camisetas que se suspende en cuanto suenan las sirenas. Junto al pequeño destacamento de Brown y Pedro de Mendoza se realizan periódica­mente castraciones de perros y gatos a bajo costo, organizadas por proteccionistas. Po­cos barrios tan bicheros como La Boca.

A modo de final de recorrido, se invi­ta a ver dos películas argentinas que eligie­ron las inmediaciones del transbordador para rodar exteriores, previo a la construcción de la nueva rambla. Una de ellas es La Mary, dirigida en 1974 por Daniel Tina­yre. Ambientada en las décadas de 1930-1940, muestra el movimiento de camiones y chatas junto al puente Nicolás Avellane­da, sobre las calles empedradas de la orilla de enfrente. Y en la superproducción Gati­ca, dirigida por Leonardo Favio en 1993, la escena ambientada treinta años antes per­mite participar del cruce en bote hacia la Isla Maciel. Única ceremonia que el tiempo continúa celebrando.

DZ/km
Adriana Carrasco Redacción Z

con la música a otra parte

 El Teatro Colón y el Argentino de La Plata tienen historias, tamaños y ambiciones muy diferentes. Hasta hace poco a nadie se le hubiese ocurrido compararlos, sin embargo, hoy los melómanos porteños miran con atención lo que pasa en el coliseo provincial, manejado por los directivos que expulsó Macri del Colón.




A simple vista podría afirmarse que se trata de dos teatros que juegan en diferentes categorías. Por un lado el Teatro Colón, con toda su gloriosa historia y prestigio internacional. Por el otro, el Teatro Argentino de La Plata, un coliseo lírico provincial con un presupuesto mucho menor y ambiciones más modestas. Hasta hace algunos años a nadie se le hubiera ocurrido compararlos. Para el melómano de la capital no había más que el Colón. Pero las cosas parecen estar cambiando de un tiempo a esta parte: primero el cierre por reformas edilicias en el primer coliseo argentino, y luego los conflictos con los gremios, que llevaron a la cancelación de funciones, hicieron que el público musical de la ciudad de Buenos Aires observara con atención lo que ocurría en la ciudad de las diagonales. Además, según coinciden varios entendidos en el tema, en La Plata se están dando muchos aciertos de programación y gestión. A todo esto se agrega un hecho que le da un cariz especial a la comparación: quienes manejan hoy el Argentino de La Plata son los mismos que estaban a cargo del Colón al momento en que Mauricio Macri asumió la Jefatura de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. La dupla Marcelo Lombardero (director artístico) y Leandro Iglesias (administrador general) fue desplazada por la gestión de Macri, y al poco tiempo ambos se mudaron con todo su equipo a La Plata.

LAS COMPARACIONES ¿SON ODIOSAS?
“El hecho de que a alguien se le ocurra la comparación entre el Colón y el Argentino ya es un tema. Esa comparación hubiera sido impensable hace diez años”, dice el crítico musical y escritor Diego Fischerman. Y agrega: “En Buenos Aires hoy se mira con atención lo que se hace en La Plata, porque hoy el Colón no está funcionando. La reapertura del 25 de mayo de 2010 fue un show mediático, pero luego no lo pudieron hacer funcionar”. Fischerman se refiere al abrupto y anticipado cierre que tuvo la temporada 2010, como consecuencia de un conflicto que enfrentó a las autoridades del teatro con los gremios que representan a los trabajadores. Enfrentamiento que se profundizó en los primeros meses de este año, y que hace peligrar la realización de la temporada 2011. Y la comparación también surge en el tema salarial. Actualmente un músico del Argentino de La Plata gana casi el doble que un par suyo del Colón, aun cuando el empleado de la provincia de Buenos Aires tiene una menor carga horaria de trabajo.

Caras y Caretas intentó hablar del tema con las autoridades del Colón, pero desde la oficina de prensa del teatro se informó que ni su director, Pedro Pablo García Caffi, ni ningún otro funcionario harían declaraciones al respecto. Desde La Plata, en cambio, Marcelo Lombardero aceptó dialogar con esta revista, aunque fue cuidadoso a la hora de comparar la actual realidad de ambos teatros. “El Teatro Argentino no trabaja para competir con el Colón, no quiere ser la otra cara de la moneda. Nosotros en 2010 trabajamos para tener la mejor temporada dentro de nuestras posibilidades.” Lombardero cree que “un teatro como el Colón o el Argentino son armas de políticas culturales, y si hablamos de políticas culturales uno tiene una ideología y la gestión tiene que ver con esa ideología”.

Para Fischerman, precisamente las diferencias de lo que ocurre hoy en el Argentino y en el Colón tienen que ver en gran medida con la ideología que existe detrás de cada una de las gestiones: “Ya cuando Lombardero estuvo en el Colón hubo una apertura de fronteras y de géneros –dice– algo que había comenzado Sergio Renán, director del Colón entre 1989 y 1996”.

Por otro lado, el crítico cree que “la idea de Macri para el Colón, si saliera bien, porque el asunto es que sale mal, sería un teatro como el de 1940, con la diferencia de que en esa época las clases altas no tenían ninguna culpa ni eran vigiladas por la sociedad, y nadie cuestionaba que el Estado les pagara sus gustos”. Fischerman agrega que “García Caffi pensó el proyecto de un Colón con grandes figuras internacionales. Y esto lo logró en el terreno de los conciertos pero a altísimos precios, y habría que ver si esa es la función del Colón”. En una línea de pensamiento similar, Lombardero agrega que “el Teatro Colón tiene los oropeles, las luces, las grandes estrellas, pero también tiene gente durmiendo afuera en la calle, y esa realidad es la que circunda el teatro. Lo mismo me pasa a mí en el Argentino de La Plata. Yo tengo la responsabilidad de administrar un teatro público, con dineros del Estado, que piense en la sociedad que lo rodea. No pensar el teatro como una isla sino ver qué le devuelve el teatro a la sociedad que lo mantiene. Esta es una visión que va más allá de la programación artística”. Por eso para Lombardero la política del Argentino es privilegiar la producción propia y no la importada.

Las comparaciones son odiosas, dice el dicho popular. Pero el mundo musical en este caso está comparando, más allá de que esto sea o no del agrado de las autoridades de ambos teatros. Cada vez más los melómanos porteños saben que a 60 kilómetros de Buenos Aires se ofrecen espectáculos musicales de calidad y, llegado el caso, están dispuestos a recorrer esa distancia para disfrutar de una ópera, un concierto o una función de ballet.

Damián Autorino

Las Violetas: la confitería de los tres siglos

Fue fundada en 1884, y hoy luce tan espléndida y señorial como siempre. Fueron habitués Carlos Gardel, Alfonsina Storni y Roberto Arlt.



Si hay algo que distingue a Buenos Aires es el bar y la esquina. Sólo algu­nos lugares elegidos for­man parte de esos rincones míti­cos, ángulos que guardan historias como tesoros. No es fácil ser em­blema de la ciudad. Y la confite­ría Las Violetas es uno de esos íco­nos, referencia porteña ineludible en cualquier libro histórico que na­rre las costumbres porteñas.

Nació en 1884, en lo que era un barrio descampado y conformado por algunas casaquintas, alejado del centro. El nombre de la confitería surgió gracias a que el color predominante de la zona lo daban las flores, dispuestas en los frentes de las casas.

Se construyó entonces una obra de arte arquitectónica pensada para la aristocracia de la zona: mesas de mármol italiano y colum­nas de estilo romano. En la puerta paraban carrozas, carretas, el tran­vía a caballo y una mayoría de hombres, vestidos de galera y bastón.

"Esta confitería es especial por varias razones: tiene un estilo defi­nido, entra una luz muy especial por los ventanales, las mesas de már­mol de Carrara ubicadas adelante son un lujo y los 12 vitrales son ma­ravillosos. Además de los que están arriba de las puertas, hay tres en el fondo llamados Vida, Esperanza y Alegría, y representan tres épocas de nuestro país", describe Luciano Correa, uno de sus mozos.

En 1920 se hizo la primera re­forma, se instalaron los amplios ventanales que se ven en la actua­lidad y el piso de mármol italiano. El espíritu es mantener todo lo que se pueda del original. Hay maderas y arañas de bronce que se conser­van desde su apertura.

Con los años fueron cambian­do también algunas costumbres. Correa explica que "hasta 1950 era imposible entrar sin saco y cor­bata, hoy algunos clientes vienen en bermudas o musculosa". El am­biente artístico siempre dice pre­sente y por sus mesas pasaron Carlos Gardel, Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Francis Ford Coppo­la y Viggo Mortensen, entre otros, además de gran parte de la farán­dula local. La confitería también fue utilizada como set de filmación para varias películas.

Allí también las Abuelas de Pla­za de Mayo se reunían de manera clandestina para intercambiar in­formación en los años de la dicta­dura militar.

Pero pese a sus pergaminos históricos, a fines de los 90 -y al igual que otras emblemáticas con­fiterías como Del Molino o el Café de los Angelitos- debió bajar la persiana. Luego de varios reclamos de los vecinos y de una espera de más de dos años, el Gobierno de la Ciudad declaró al edificio Lugar Histórico y reabrió sus puertas.

Más allá de cambios en las mo­das y costumbres, un rito quedó inalterable: los mozos siempre vis­tieron con pantalón negro y cha­queta blanca. La especialidad de la casa es una mezcla entre dulces y salados servidos en una fuente, bautizada con el nombre de la so­prano María Callas. El plato consis­te en sándwiches de miga, fosfo­rito, tostadas y locatelli. Del otro lado de la fuente porciones de tor­ta, budines, pan dulce, masas fi­nas y secas. Comen tres personas y vale 63 pesos, con una infusión y tres copas de jugos. Y para dar­se todos los gustos en cuanto a lo dulce, Las Violetas tiene su propia panadería.
DZ/km
Diego Zwengler Redacción Z

Bailar para adentro y no para afuera

(diciembre 2010, en una milonga de Palermo)

-ché, ¿tenés una fecha para enero? estoy ensayando hace unos meses y quiero empezar con las exhibiciones

-¿ah sí? qué bien, bueno, llamáme en el 2012…

La anécdota que acabábamos de escuchar de boca de un conocido organizador provocó un aquelarre en el taxi que compartí de vuelta a casa con tres amigas. Una de ellas, ya profesional reconocida, recordaba cuánto tiempo y dedicación le llevó presentarse en público. Finalmente, cuando las cuatro colgamos la escoba, coincidimos en que es de humanos eso de creérsela, de pensar que bailamos “divino” y que la gente quiere vernos en la pista.

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mirá como le sale el boleoa…Fotos gentileza Semeon Kukormin

Todas las criaturas de este ancho mundo tienen derecho a un aplauso, claro que sí… pero, acá en el tango el error no está en pecar de vanidad sino de ansiedad: no entender que recién deberíamos bailar para los demás cuando hayamos podido bailar para nosotros mismos. Y esto último no se consigue ensayando.

Cuánto hubiera dado yo por tener un poquito de gracia, o haberme apiolado hace 20 años, cuando florecía el fenómeno y las pistas se llenaban de bailarines sin otra vocación que el abrazo. Lástima. Llevo 10 años intentándolo y todavía no me sale bonito, pero a estas alturas no me trago cualquier sapo: puedo adivinar quién tiene un don y quién se mata laburando, quién está por amor y quién por la “platita”.

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Gracias por la foto, Semeon

No hay duda que la suerte es de los audaces, razón por la que en el fondo siento sana envidia por esta joven camada de talentos que logra colarse en el calendario de las exhibiciones sin más equipaje que un par de tangos aprendidos de memoria. Algunos consiguen combinar técnica y pasión, y que se les note, a otros no hay cómo creerles. Es muy cierta esa frase que suelen repetir los buenos docentes, de que ”se baila para adentro, no para afuera”…es imposible “coreografiar” el sentimiento.

Palermo Viejo

Aún conserva algunos rastros de lo que fue −un barrio tranquilo y bien arrabalero−, mezclados con tiendas de ropa, objetos y restaurantes de ultimísima moda. El resultado es lo más “cool” de Buenos Aires.


 
                               Café en una esquina de Palermo Viejo.
 
 
Parte integrante del inmenso barrio llamado Palermo (que incluye los parques y también el sector ultrachic llamado Barrio Parque o Palermo Chico, sede de embajadas y residencias de gran categoría), la zona en cuestión está limitada por las avenidas Santa Fe, Scalabrini Ortiz, Córdoba y Dorrego y dividida en dos por las vías del tren y el arroyo Maldonado que corre debajo de la avenida Juan B. Justo.

Hacia el norte, la instalación de un canal de televisión y unas cuantas productoras e islas de edición hizo que ese fragmento del barrio fuera denominado Hollywood, mientras que del otro lado de la avenida, continúa llamándose Viejo −pese a que muchos intentan llamarlo Soho, por su semejanza, dicen, con esa parte de New York−.


Según Jorge Luis Borges, vecino y prominente biógrafo del lugar, el barrio le debe su nombre a un señor siciliano, Domínguez de Palermo, dueño de un matadero de ganado cimarrón que en el siglo XVII, abastecía a la aldea que era Buenos Aires. En sus alrededores, las riberas del Maldonado eran buen refugio para contrabandistas, aunque básicamente se trataba de una zona de quintas.

Cuando el niño Borges se mudó al barrio, a comienzos del 1900, “en Palermo vivía gente de familia bien venida a menos y otra no tan recomendable. Había también un Palermo de compadritos, famosos por las peleas a cuchillo…”. El escritor vivió con su familia en Serrano 2147, en una casa que ya no existe −sólo una placa recuerda el sitio−, pero cuya ubicación no se olvidará: en esa manzana circundada por las calles Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga ubica el origen de la ciudad en su poema Fundación mítica de Buenos Aires.

Dice el mismo Borges que, con el tiempo, las quintas fueron “pisoteadas por almacenes, carbonerías, traspatios, conventillos y corralones”, donde vivían quienes trabajaban en la parte más opulenta de Palermo. También abundaban las lecherías, cuyos dueños esperaban con sus carros la llegada del tren lechero en Godoy Cruz y Paraguay, todos los días, a las cinco de la tarde (esto ocurrió hasta bien entrado el siglo XX).

Pero vendrían otros cambios: uno, radical, fue la eliminación, en los 70 de una planta procesadora de gas que funcionaba en lo que hoy es la Plaza Palermo Viejo, de Armenia y Costa Rica. Diez años después, a mediados de los 80, comenzarían a llegar nuevos vecinos, familias de clase media alta, intelectuales y profesionales, en busca de casas más amplias, a precios accesibles en calles amplias y arboladas, donde los chicos pudieran jugar. En los 90 empezaron a instalarse los negocios, en las mismas viejas casas recicladas, como Cat Ballou (Costa Rica 4522), una tienda de decoración de las pioneras en la zona: ese estilo que alterna el respeto por los edificios originales con construcciones modernas que acatan la modalidad del barrio es el que prevaleció (con algunas excepciones) en los años sucesivos.

En la actualidad, Palermo Viejo es uno de los barrios más agradables de la ciudad para pasear, tomar algo, comer y hacer shopping variado pero con un denominador común: el diseño de alto nivel. Abundan los negocios de autor, ya sean de ropa o de muebles y objetos (y hasta de jabones como los Sabater Hermanos, en Gurruchaga 1821) y cuando no lo son, adaptan su propuesta a la onda del lugar, como ocurre con más de una cadena de ropa de marca.

No hay monumentos ni construcciones históricas para visitar: sí la lindísima Plaza Cortázar, en la intersección de Honduras y Borges, sombreada por las tipas y rodeada de bares (viernes y sábados el ambiente se torna un poco denso por la cantidad de gente que circula) y donde sábados y domingos hay una feria de artesanos. Muy cerca, tres pasajes: hacia Córdoba, el Soria, entre Gorriti y Honduras y hacia Santa Fe, el Santa Rosa (entre Honduras y El Salvador) y el Russel (entre El Salvador y Costa Rica), pacíficos y amables, de noche bellamente iluminados.

La mayor cantidad de tiendas y locales de ropa, decoración y accesorios están en el recorrido entre ambas plazas (Cortázar y Palermo Viejo), pero vale la pena extenderlo y descubrir sitios tan originales como simpáticos. De la oferta destacan la Papelera Palermo (Honduras 4943) y su Casa de Oficios (Cabrera 5227) una vieja casa chorizo bajo la sombra de un gigantesco palo borracho, donde muestran la trastienda del negocio papelero y se dictan cursos y talleres de papel artesanal, xilografía, encuadernación y juguetes.
De los viejos y humildes días del barrio quedan edificios, portones y molduras y el viejo Club Eros, en Honduras y Thames, que un grupo de muchachos milongueros inauguró en 1941. Funciona en lo que fue un antiguo inquilinato y tiene 150 socios que se niegan a vender el local y a perder su club. El modesto buffet, que abre mediodía y noche, es ahora frecuentado por jóvenes modernos y no pocos turistas.


Del otro lado de Juan B.Justo el panorama cambia ya que impera el circuito gastronómico. No resulta tan ameno para caminar, pero guarda interesantes lugares, como el Mercado de las Pulgas, en Álvarez Thomas y Dorrego, que ofrece muebles, objetos y utensilios viejos, antiguos y de segunda mano, entre los cuales a veces se puede encontrar algo interesante. A pocas cuadras de allí, en la esquina de Dorrego y Zapiola, el Predio del Centro Metropolitano de Diseño (conocido como El Dorrego) alberga ciertos fines de semana ferias de indumentaria, textiles, objetos de bazar, joyería y muebles (entre muchos otros productos) cuyos autores no frecuentan el circuito comercial habitual.

También de ese lado de Juan B. Justo conviven los negocios reciclados con los originales: así, los Hermanos Estebecorena (El Salvador 5960) armaron su local de ropa para hombres en lo que fue altri tempi una panadería, cuyos muebles y exhibidores adaptaron para su uso actual. A la vuelta, en Arévalo 1748, Elsi del Río, una galería de artistas emergentes, recuperó un viejo almacén del barrio para exhibir muestras de arte contemporáneo.

También de este lado quedan algunos pioneros: en Honduras y Bonpland, Emilio Sangil mantiene su viejo bar de gallegos, típico de la ciudad, tal como lo estableció hace décadas, en una muestra de resistencia verdadera al paso del tiempo. También le han ofrecido fortunas por su esquina que se niega religiosamente a vender.

Palermo Viejo tiene una abundante oferta de bed & breakfast, guest houses y hoteles (ver Hoteles), para instalarse allí unos días. También es posible conseguir en sus locales, los Mapas de Buenos Aires y Saber a dónde ir, dos publicaciones gratuitas con direcciones y planos de la zona y de todos sus locales.

Parques de Palermo

Encantador en primavera, refrescante en los cálidos veranos, es el paseo preferido de grandes y chicos.

 
                               El Planetario Galileo Galilei.
Es la zona verde por excelencia de la ciudad y se extiende desde la avenida Casares hasta la calle Monroe, en Belgrano, entre las vías del ferrocarril y la Avenida Libertador, aunque estas fronteras hagan excepciones con los jardines Zoológico y Botánico que llegan hasta Plaza Italia, el lugar más cómodo para acceder a estos parques a través del transporte público.

A mediados del siglo pasado, toda esa zona y sus inmediaciones −bañados, la costa del río− eran propiedad de Don Juan Manuel de Rosas, por entonces Gobernador de Buenos Aires: su casa estaba en lo que hoy es el Zoológico, en la esquina sudeste del cruce de Libertador y Sarmiento, justo donde actualmente paran los mateos, antiguos carruajes abiertos en los que se puede hacer una breve recorrida por el lugar.

En esa rotonda se levanta el inconfundible Monumento a la Carta Magna y a las Cuatro Regiones Argentinas, que el gobierno español donó a la ciudad en ocasión del Centenario, en 1910, y es conocido por todos como el Monumento de los Españoles.

Luego de la derrota de Rosas en la batalla de Caseros y su posterior exilio, su casa tuvo varios destinos hasta que terminó demolida: en 1870, el presidente Sarmiento determinó la creación de un parque, que llevaría el nombre de Tres de Febrero (fecha de este combate definitivo para la organización nacional), uniendo para siempre a víctimas y victimarios. Creado y diseñado por el paisajista y arquitecto francés Carlos Thays, se inaguró en 1875 y poco después se crearon el Jardín Botánico y el Zoológico (ver Niños).




El parque Tres de Febrero tiene 80 hectáreas que incluyen bosques, lagos y jardines de diversos estilos y hasta la fecha es el lugar preferido de los porteños a la hora de tomar sol, hacer algo de ejercicio o simplemente pasear los fines de semana. A principios de verano, cuando florecen los jacarandás, el paisaje alterna el verde con grandes manchones color lavanda en una de las más bellas imágenes que uno pueda llevarse de Buenos Aires.

De enormes dimensiones, el parque fue, en las primeras décadas del siglo XX, sede de algunos famosos lugares donde mandaba el tango, como Lo de Hansen (en las inmediaciones del Planetario) y el Armenonville (en Figueroa Alcorta y Salguero), hoy desaparecidos. El tango tuvo otra gran fuente de inspiración en Palermo gracias al Hipódromo (por entonces Nacional), en la Avenida Libertador y borrego. Enfrente, el Campo Argentino de Polo, donde se realiza el Abierto (ver Polo).

Entre las avenidas Iraola, Presidente Montt e Infanta Isabel está el corazón del parque: el Rosedal. Bello y cuidadosamente atendido, este jardín de rosas alberga más de 15.000 plantas de más de 1.100 especies distintas. A fines de octubre, es una gloria pasear por los caminitos de grava, en medio del color y del perfume que es evaluado por expertos del Concurso Internacional de Rosas Nuevas. Una glorieta cubierta de variedades trepadoras bordea la orilla del lago. Al Jardín se accede por un simpático puente de cemento y madera con pérgola, construido en 1914, o por el llamado Jardín de los Poetas, una amplia avenida con fuente y bustos de Shakespeare, Dante y Rosalía de Castro, entre otros.

Muy cerca, el simpático Patio Andaluz, inaugurado en 1929, donde una colorida fuente de mayólicas −obsequio del Ayuntamiento de Sevilla− es el centro de una pérgola y una glorieta con bancos para sentarse a descansar bajo la alta y tupida sombra de los árboles.

Frente al puente del Rosedal, el Museo de Artes Plásticas Enrique Sívori, se aloja en un chalet de estilo normando (como todas las construcciones del Parque, inspiradas en Biarritz, el balneario de moda de la época), que fue originalmente un tambo modelo y luego, una elegante confitería llamada El Hostal del Ciervo, por la cercana escultura. La construcción fue remodelada entre los años 95 y 96 para adaptarse a las funciones que hoy tiene.
                    El Rosedal


El lago es uno de los pocos lugares donde los fines de semana los chicos pueden andar con seguridad en bicicleta o en rollers que se alquilan en las inmediaciones del Museo. (Conviene saber que en la actualidad, por la noche, esos mismos alrededores del lago se transforman en la zona roja de la ciudad donde se encuentran los travestis).

En el lugar existe una bicisenda de 8 km, que comienza en la avenida Casares y llega hasta la calle Vedia, en Núñez, siguiendo el curso de las avenidas Figueroa Alcorta, Udaondo y Libertador, recomendable sólo para adultos: el tránsito de Buenos Aires no es seguro para los ciclistas, mucho menos si son niños.

Hacia el norte, siguiendo el trazado de Figueroa Alcorta, se puede hacer una caminata muy amena y llegar hasta el lago Regatas, un espejo de agua más grande que el anterior, frente al Campo de Golf de la Ciudad, abierto al público en general.

Tomando como punto de partida el cruce de las Avenidas Sarmiento y Libertador, hacia el este se llega al Planetario Galileo Galilei, en Sarmiento y Belisario Roldán (ver Niños), cuya característica bóveda se ve desde lejos, emergiendo del entorno verde.

También en los alrededores está el Jardín Japonés, uno de los paseos más lindos del barrio, inaugurado el 3 de febrero de 1967 para la visita de los entonces príncipes herederos Akihito y Michiko, hoy emperadores. Diez años más tarde, una paisajista japonesa lo rediseñó inspirándose en los jardines de los templos zen.

En noviembre de 1981 se construyó la casa de té, y desde julio de 1989 está a cargo de la Fundación Cultural Argentino-Japonesa. El jardín poblado de azaleas, bajo la sombra de pinos y gingkos, se organiza alrededor de un lago artificial donde viven cientos de carpas. El restaurante y casa de té están decorados al estilo oriental.

En dirección a la avenida Santa Fe y cruzando Avenida del Libertador, se llega al Museo Evita (en Lafinur y Gutiérrez), una antigua casa de estilo español que alguna vez fue un hogar de tránsito de la Fundación Eva Perón y que hoy guarda recuerdos y memorabilia de una de las mujeres argentinas más conocidas en el mundo entero. Inaugurado en 2002, sus salas exhiben vestimentas, objetos personales, recuerdos de familia, condecoraciones y otros elementos que permiten conocer la historia de la breve vida de Eva.

A dos cuadras, el Jardín Botánico es un remanso de tranquilidad y silencio. Son siete hectáreas entre las avenidas Santa Fe, Las Heras y la calle República Árabe Siria, que cuentan con más de 7.000 especies botánicas, seleccionadas en 1898 por el gran paisajista Carlos Thays. En el predio hay cinco invernáculos, uno de los cuales vino de París tras ser premiado en la famosa Feria donde se exhibió la Torre Eiffel. El edificio principal, de estilo inglés, data de 1881 y está actualmente en refacciones. El Botánico cuenta con biblioteca especializada, abierta al público en general… y una nutrida población de gatos, sanos y bien alimentados.

Museo de Artes Plásticas Enrique Sívori
Av. Infanta Isabel 555. 4774-9452/ 4772-5628. http://www.museosivori.org.ar/. De martes a viernes de 12 a 19. Sábados, domingos y feriados de 10 a 19. Visitas guiadas: sábados y domingos a las 16.

Rosedal
Cercado por razones de seguridad, abre en verano, de 8 a 20. En invierno, de 9 a 18.

Campo de Golf de la Ciudad de Buenos Aires
Av. Tornquist 6397. 4772-7261/7576. De martes a domingo y feriados, de 7:30 a 17.

Jardín Botánico
Av. Santa Fe 3951. 4832-1552. Todos los días de 8 a 19. Entrada libre y gratuita. Para visitas guiadas, llamar al 4831-4527.


Jardín Japonés
Av. Casares y Av. A. Berro. 4804-4922/9141. Todos los días, de 10 a 18. Hay visitas guiadas los sábados, domingos y feriados a las 11:15 y 16:30.

Museo Evita
Lafinur 2988. 4807-9433. De martes a domingos y feriados, de 13 a 19. Todas las salas tienen explicaciones con traducciones al inglés.