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jueves, 22 de diciembre de 2011

Quieren expropiar la Confitería del Molino para poder reabrirla




 22/12/11 - Diario CLARIN
El Gobierno de la Ciudad anunció que intentará reabrir la tradicional Confitería del Molino, de Rivadavia y Callao, lo que reclaman desde diversos sectores que impulsan la protección del patrimonio arquitectónico porteño. Está cerrada desde 1997.
El anuncio del Ministerio de Desarrollo Urbano se hizo un día antes de la manifestación que convocaron para hoy al mediodía un grupo de ONGS, frente a la confitería. Será para reclamar que no se deje caer la ley porteña que protege a los edificios construidos antes de 1941, que el bloque del PRO no trató en la Legislatura por decisión del Ejecutivo. Esa ley, que vence el 31 de diciembre, obliga a pedir autorización antes de demoler edificios de más de 70 años de antigüedad.
Según explicó a este diario el ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chain, el Ejecutivo enviará a la Legislatura un proyecto para que se utilice la figura del “privado expropiante”, previsto en la ley 238. Así, se haría un concurso público, en el que se presentarían proyectos para recuperar y reabrir la confitería. Una vez que se sepa quién es el ganador, la Legislatura deberían declarar al lugar “de utilidad pública” y autorizar a ese privado a actuar como “expropiante”, en reemplazo del Estado. Es decir que los dueños del local no podrían objetar la operación.
En la Legislatura porteña ya hubo en los últimos años varios proyectos de diputados de la oposición para que la Ciudad expropie la confitería, pero ninguno prosperó. Incluso en el Congreso Nacional se presentaron iniciativas para la recuperación de la confitería, que tampoco se concretaron.
Lo que durante muchos años trabó la reapertura de la confitería es que la propiedad estaba en complicado proceso de sucesión. Ahora, ante la consulta de este diario, Chain dijo que en el Gobierno no tienen información sobre quiénes son los dueños y cuál es la situación de la propiedad, pero afirmó que “la expropiación le pasa por arriba a los temas sucesorios”.

sábado, 21 de mayo de 2011

Una casa y una historia de amor

Una casa y una historia de amor 

En Barracas y en la Ciudad es muy conocida la trágica historia de Felicitas Guerrero, aquella joven viuda asesinada por un pretendiente despechado y que originó una leyenda. Pero en ese barrio, otra leyenda también evoca el triste final de una vida breve aunque llena de una carga quizá mucho más romántica: la de Elisa Brown, la hija mayor del máximo héroe naval de los argentinos, el almirante Guillermo Brown.

Elisa había nacido el 31 de octubre de 1810 en Inglaterra y, junto con sus padres, vivía en la famosa Casa Amarilla que la familia tenía en las cercanías del actual cruce de la avenida Martín García y Bolívar, a metros de donde hoy está el Parque Lezama. Por eso es que esa zona vecina aún sigue conociéndose con esa denominación. La Casa Amarilla que ahora se ve sobre la avenida Almirante Brown es una réplica de aquella residencia, entonces cercana al río.

Con apenas 17 años, la adolescente (con autorización de sus padres) inició un noviazgo formal con un joven, siete años mayor, que frecuentaba la residencia. Se llamaba Francis Drummond, había nacido en Escocia y era uno de los oficiales de la joven armada nacional que lideraba Brown. Dicen que la alameda que rodeaba la casona fue el escenario para aquel romántico encuentro entre esa chica de impactantes ojos azules y el apuesto marino. Cuando ocurrió la tragedia, Drummond ya se había destacado en combate, peleando en la batalla de Juncal. Eran los tiempos de la guerra con el Imperio del Brasil y los marinos argentinos derrochaban heroísmo en cada acción. Para entonces, el oficial ya tenía el grado de mayor y estaba al mando del bergantín Independencia.

Entre el 7 y el 8 de abril de 1827, frente a la Ensenada de Barragán cuatro naves argentinas enfrentaron a una veintena de barcos de la flota imperial. Se lo conoce como el combate de Monte Santiago y fue la mayor derrota naval argentina de ese momento histórico. Pero no estuvo exento de heroísmo, entre cuyas acciones se destaca lo hecho por Drummond quien, con su barco varado, muy averiado y después de agotar sus municiones, llegó en un bote hasta la goleta Sarandí para buscar reponerlas y volver a su nave para seguir combatiendo. Para entonces ya estaba herido: una esquirla de cañón le había volado una oreja. Fue allí que recibió la herida mortal que terminaría con su vida.

Drummond murió en los brazos del almirante Brown, quien luego le dio la mala noticia a Elisa, junto con el anillo que su amado, en su agonía, había pedido que le entregaran. A él lo enterraron con los honores correspondientes a un héroe (una calle lo recuerda en Nueva Pompeya). Ella lo soportó con estoicismo, pero ya había perdido su sonrisa para siempre.

Ocho meses después, el 27 de diciembre de ese mismo año, Elisa Brown murió ahogada en las aguas del río, en cercanías de la famosa Casa Amarilla. Dicen que había ido a bañarse junto con uno de sus hermanos y que una ola traicionera la atrapó en un pozo. La leyenda afirma que ese día era la fecha prevista para su casamiento y que, cuando murió, Elisa llevaba puesto un vestido de novia y aquel anillo. Y recuerdan que su muerte conmovió tanto a la ciudad que en su cortejo hubo unos 50 carruajes.

En Ruy Díaz de Guzmán, la avenida Martín García y la calle Pi y Margall, en Barracas, hay una pequeña plazoleta triangular que lleva el nombre de Elisa Brown. Un monolito de granito rojo alude a aquella Casa Amarilla. La placa de bronce que recordaba a la joven ya no está más. Cuentan que el almirante jamás pudo reponerse del lamentable final de la vida de su hija y que su tristeza se reflejaba muchas veces cuando lo veían, abrumado, con la mirada fija en el río. Pero esa es otra historia.

sábado, 7 de mayo de 2011

Jornada sobre Patrimonio Arquitectónico Rioplatense

:: Quinta Jornada de Patrimonio Arquitectónico Rioplatense ::

 

El Instituto de Estudios Históricos de San Fernando de Buena Vista invita a la “V Jornada de Patrimonio Arquitectónico Rioplatense”
Se realizara el sabado 21 de mayo en el Museo de la Ciudad de San Fernando (Ituzaingó 1053,San Fernando – altura Av. del Libertador al 500)
El objetivo de estas Jornadas es promover la investigación e intercambiar ideas sobre el Patrimonio Arquitectónico Rioplatense y su conservación.

PROGRAMA10:00 hs. Inscripción
10:30 hs. Apertura de la Jornada.
13:00 hs. Almuerzo
14:00 hs. Jornada
16:30 hs. Acto de clausura y entrega de certificados.

Se abonará un bono contribución de $ 50 en concepto de inscripción y almuerzo
Cada exposición contará con diez minutos para su desarrollo.
Para ilustrar los trabajos que así lo requieran, los autores deben contactarse con los organizadores
Aquellos participantes que presenten trabajos deberán comunicarse con el Instituto.

Mas info en: http://historiasanfernando.com.ar
Presidente: Dr. Alberto David Leiva: albertodavidleiva@gmail.com
Secretaria: M. Rosa Arguibel de Donadío: mrosadon@hotmail.com
Vocal: Celia Codeseira del Castillo: celiadelcastillo@yahoo.com.ar

miércoles, 27 de abril de 2011

Lo que queda del Palacio de Correos

Fue Roberto Lavagna, cuando era ministro de Economía, quien lanzó en un Congreso de IDEA, en Mar del Plata, la propuesta de convertir el majestuoso Palacio de Correos en un museo del Bicentenario que continuara la milla de oro museística de Buenos Aires y diera oportunidad de exhibición a muchas obras del acervo del Museo Nacional de Bellas Artes condenadas a los sótanos por falta de metros.

El palacio, que había sido elegido por la princesa de Gales como sede de la recepción ofrecida en la Argentina por la calidad de su arquitectura, estaba por entonces dentro de la órbita de Cultura. José Nun tenía la palabra cuando se llamó a un concurso de anteproyecto al que se presentaron, entre otros, Jorge Telerman y el hijo de I. M. Pei, arquitecto chino famoso por la pirámide que ejecutó para el Museo del Louvre.

De aquella iniciativa, que parecía auspiciosa, a la situación actual media una distancia mucho mayor que el tiempo transcurrido desde noviembre de 2006, fecha en la que se hizo público el proyecto ganador. No se cumplieron los plazos. El rumboso Centro Cultural del Bicentenario no se inauguró en mayo de 2010. Solamente hubo un acto en la nave central del Palacio, para comprobar que las pizarras de la mansarda original habían sido reemplazadas por vidrios, con la idea de iluminarla a giorno con los colores de las banderas de los países homenajeados en visitas oficiales.

El edificio, monumento histórico nacional, es una pieza clave de la arquitectura de Buenos Aires. Fue inaugurado en 1928 y lleva la firma de Norbert Maillart, autor, también, de los proyectos del Palacio de Tribunales y del Colegio Nacional de Buenos Aires. No es una novedad para nadie subrayar que el patrimonio arquitectónico es un recurso no renovable, referencia ineludible de la identidad de un país. Basta recordar con cuánto ímpetu los jeques de Qatar y Abu Dhabi han convertido al golfo Pérsico en el laboratorio de pruebas de los grandes arquitectos globales, para construir una cadena de nuevos museos que le otorgue "espesor" cultural a un país con más dinero que historia.

En un brusco golpe de timón, el Palacio de Correos y su millonario proyecto pasaron a manos del ministro De Vido. Prosperó la idea de instalar un gigantesco auditorio con acceso por la avenida Corrientes, lo que exigía desguazar la parte industrial. Quien camine por Corrientes en estos días no tiene más que asomarse detrás de la empalizada para ver que del edificio original queda la fachada; en el centro, hay un enorme vacío. La nada.

Las plantas de perímetro libre existentes, donde se hizo una recordada edición de Estudio Abierto, curada por Ana María Battistozzi, tenían la dimensión perfecta de una gran nave expositiva como son los Arsenales en la bienal veneciana. Conviene recordar que Maillart, cuando proyectó el edificio, tuvo que realizar una reforma clave en los planos originales debido a la baja calidad del suelo, que es tierra ganada al río. La estructura palaciega, incluidos el célebre Salón de los Escudos y el Salón Eva Perón, que Evita usó como despacho en 1946, corre serio peligro. Historia y patrimonio en riesgo, en una obra faraónica de final incierto.

Por Alicia de Arteaga

El Palacio de Correos

Correo Palacio

La preocupación por el destino errante del Palacio de Correo de la ciudad de Buenos Aires salió a la luz a través del ilustrativo texto de Alicia de Arteaga.

A propósito de ese tema, adherimos al deseo de su preservación y los hacemos con un aporte sobre la historia del edificio.

La primera sede del correo fue la casa de don Domingo de Basavilbaso, en las actuales Perú entre Alsina y Moreno, donde ahora funciona la legislatura porteña. En 1748 Basavilbaso había sido nombrado Correo Mayor, es decir, encargado de la correspondencia que llegaba y partía de Buenos Aires.

En 1822 fue trasladado a las actuales Bolívar, entre Belgrano y Venezuela. A partir de 1879 se estableció en el ala norte de lo que es hoy la Casa Rosada. Pero en 1882, al ser anexada esa edificación para agrandar la Casa de Gobierno, el correo pasó a Bolívar y Moreno, es decir, a dos cuadras del Cabildo.

En 1888 se proyectó la construcción del Palacio de Correos, en el Paseo de Julio (ahora Alem) y Cuyo (hoy Sarmiento). Para la tarea se contrató al ingeniero francés Norbert Maillart, quien se encontraba en Chile. Pasó por Buenos Aires y preparó los planos. El Congreso aprobó la obra y se le adjudicó una partida presupuestaria.

Proyecto original con frente en la actual avenida Alem.

De inmediato, una pirámide de ladrillos cambió la fisonomía del lugar. Y no fue una postal efímera. Durante 20 años los porteños vieron la misma pila de ladrillos. Una de las razones del retraso, según se dijo, fue la crisis de 1890. Otra, las dificultades que generaba el desnivel de la manzana elegida.

Ladrillos Correo Central
Montículo de ladrillos del Correo.
A todo esto, las oficinas del Correo se habían mudado en 1901 a Corrientes y Reconquista, a la espera de la construcción del Palacio. Era tiempo de relanzar la obra. En 1908, el ingeniero Maillart regresó a Buenos Aires para efectuar cambios. Los principales eran:

1) El frente dejaría de estar sobre el Paseo de Julio y pasaría a la actual Sarmiento.
2) Un enorme sector que en 1888 iba a contener caballerizas se transformaría en oficinas.

Palacio de Correos en construccion
En obra.

Ahora sí, comenzaba la construcción, que demandó ¡otros 20 años! Esta vez la culpa la tuvo la Gran Guerra en Europa.

El edificio que se ideó durante el gobierno de Juárez Celman terminó inaugurándolo Marcelo T. de Alvear curenta años después, el 20 de septiembre de 1928.

martes, 26 de abril de 2011

LA CUADRA

Papeles que van y papeles que vienen

El tema de La Cuadra sigue generando chispas y esta vez destacó los funcionamientos internos de esa institución extraña, el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales. Entre pretensiones de “tradición” y pedidos de informes sobre cómo hacen las cosas.

                                                
Por Sergio Kiernan
En el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales se han quedado de lo más nerviosos por haber “desestimado” La Cuadra, la última caballeriza porteña, y haberla luego “estimado” por la clarísima presión de los vecinos. En el primer caso, mostraron una estupenda, olímpica incompetencia al no darse cuenta de lo que estaban haciendo. Lo que originó el segundo caso, que la firma que quiere demoler el lugar para hacer otra torre cementuda quiere usar para pleitear contra la Ciudad por millones. Este anuncio, además de un clásico apriete legal para lograr lo suyo, es fuente de preocupaciones en un sentido inesperado: si estos millones se tendrán que pagar algún día por la incompetencia de los miembros del CAAP ¿no tendrán que pagar ellos? Los que son funcionarios están cubiertos por las generales de la ley, pero los demás no...

Lo que tal vez explica el ataque de solemnidad con que respondieron al pedido de los vecinos de La Cuadra de hablar con ellos. Hasta el arquitecto Ramón Ledesma, director general de Interpretación Urbana, cabeza natural del CAAP y un fiel empleado de su subsecretario Héctor Lostri y su ministro Daniel Chaín, perdió su habitual cinismo de hombre de la industria que hace lo que sea por la industria. El CAAP y el director general hasta le robaron una frase al Parlamento británico y hablaron de la “tradición” del Consejo Asesor, lo que daría risa si no fuera patético (arquitecto Ledesma, ¿en serio?).

Todo empezó cuando el arquitecto Natalio Churba pidió hablar con el CAAP. Churba puso todos sus cañones en lograr que le permitan demoler La Cuadra para hacer una de sus torres, con lobbyistas de lujo como Diego Guelar –a quien no le molesta ser director de la fundación cultural del Banco Ciudad y hacer lobby en ámbitos de la Ciudad– y lobbystas menos explicables como Miguel Schapire. Los vecinos de la Asociación Civil Barrio La Imprenta se enteraron del pedido de Churba y decidieron pedir ellos también hablar ante el CAAP.

Lo hicieron en un email muy formal y educado fechado el 4 de abril y firmado por Guillermo Blousson, presidente de la Asociación Civil. La nota dice que escuchó que el CAAP estaba analizando si recibir o no a Churba, le recuerda al Consejo que “ya ha denegado” reunirse con los vecinos, y le señala que atender al empresario-arquitecto “excedería las misiones y funciones” del ente. La nota termina adelantando que si reciben a Churba, los consejeros se encontrarán ante la exigencia de los vecinos de ser atendidos ellos también.

La respuesta llegó el 11 de abril, avisando que el tema se había analizado el mismo 5, que cayó martes y por tanto era día de reunión. La buena noticia es que el CAAP decidió “por unanimidad” rechazar el pedido de reunión de Churba. La noticia curiosa es por qué, según dicen en la nota, llegaron a esa decisión. La primera razón es “una tradición” de no recibir a nadie y basarse en “la información presentada en el expediente” para que esto “redunde en la transparencia y en la libertad de criterio de los Consejeros” (así, con mayúsculas). La segunda razón es que tanto La Cuadra como La Imprenta son tratados por la Legislatura, con lo que ése es el ámbito para discutir el asunto.

El párrafo final es la mala noticia, en lo conceptual. “En aras de la transparencia” y para trabajar “libres de presiones y de velados o explícitos condicionamientos” le piden a Blousson que en el futuro se dirija por nota al CAAP como institución “y no, como en esta ocasión, a las casillas de correo electrónico privadas de algunos de sus Consejeros”.

Esta aparente tontería es más importante de lo que parece, porque es un indicio de la desorganización con que se maneja el patrimonio en la ciudad. Resulta que el CAAP sigue funcionando básicamente como cuando era un triste organito asesor del ministro de Desarrollo Urbano al que era gratis ignorar. Desde que recibió el mandato de revisar todo pedido de demolición de algo anterior a 1941, el CAAP recibió una masa de trabajo enorme pero sigue en su pecerita prestada en el edificio del Mercado del Plata, sigue dependiendo de los lobos cuidadores de ovejas y sigue sin tener ni la tecnología, ni el personal, ni el tiempo para cumplir su tarea con alguna seriedad. Al director general Ledesma y sus superiores esto no les importa, como no les importa a sus teledirigidos como Susana Mesquida o las representantes de Cultura, ya que la improvisación permite demoler más. La cosa es tan triste, que el CAAP ni siquiera tiene una dirección de mail. La única manera de comunicarse con los consejeros –con minúsculas– es con los mismos mails a los que Ledesma y su gente les mandan la información con que trabaja el Consejo.

La ironía es que los Consejeros firmaron esta respuesta, que fue escaneada y enviada a Blousson desde la casilla privada de un miembro del CAAP. Pese a que el Consejo depende de Desarrollo Urbano, la girl scout que se ocupó del trámite fue la teledirigida arquitecta Graciela Aguilar, que representa Cultura en el ente.

Ya que sacaron el tema de cómo actúa el CAAP, Blousson lo tomó y contestó la nota haciendo sus propios interrogantes. Blousson se pregunta cómo hace uno para comunicarse con el CAAP, por qué sus reuniones son efectivamente secretas, cómo puede ser que en apenas un par de años ya exista “una tradición”. De hecho, le pregunta por qué se abandonó otra “tradición” que hizo que el editor de este suplemento y los representantes de Basta de Demoler sí hayan sido testigos de sesiones del Consejo.

Todo esto amerita un pedido de informes para ver cómo se maneja realmente un ente que, en concreto, maneja millones de dólares en ladrillos y terrenos. Las tonterías del CAAP ya costaron centenas de edificios patrimoniales y parece que le van a costar a los porteños millones de dólares en juicios a futuro. Por ejemplo, es notorio que pese a que la Legislatura le dio más tiempo a los consejeros para analizar los edificios, Ledesma sigue apurando las cosas: los casos a tratar los martes les llegan a los miembros apenas el jueves anterior a sus ahora famosas casillas de correo privadas. Con un poco de suerte, este episodio pernóstico puede servir para aclarar las cosas.


Se hizo la luz en la vieja fábrica

Hampton + Rivoira transformaron una planta textil de Monserrat en un edificio de oficinas moderno, flexible y abierto a la luz del sol.



La intervención del estudio Hampton + Rivoira en un viejo inmueble industrial textil del barrio de Monserrat para convertirlo en un edificio de oficinas corporativas, tiende a sumar a lo que antes era sólido y pesado lo que ahora es liviano y transparente. Gracias a la apertura de una “espina dorsal” vidriada que atraviesa sus tres pisos y los riega con luz solar cenital, la vieja fábrica textil se convirtió en una suerte de gran claustro en altura, en el que la separación física entre las distintas plantas se disuelve literalmente en la luz.

El edificio alberga las oficinas centrales de la empresa Medanito S.A, dedicada a la explotación petrolera, gasífera y forestal, que lo adquirió en 2007. Este inmueble entre medianeras, construido sobre un terreno de 14,5 m de frente por 60 m de profundidad, fue proyectado en la década de 1890 por el arquitecto franco-catalán Alfredo Massüe (1860-1923), conocido sobre todo por ser el autor del Mirador Massüe, en la esquina de Talcahuano y Tucumán. Por entonces, en la planta baja funcionaban el depósito y el local de venta; en el primer piso, con un amplio balconeo sobre el nivel cero, la fábrica, y en el segundo, una vivienda para empleados de la textil y sus familias.

Pero durante la segunda mitad del siglo XX cambió drásticamente de función para pasar a albergar a la sede del Partido Justicialista de la Capital Federal y, entre las sucesivas modificaciones que se le hicieron, perdió ese único balconeo. “Las reformas anteriores prácticamente anularon las características espaciales originales. Nuestro proyecto propuso la recuperación de la caja arquitectónica, para que apareciera el edificio en todo su valor”, cuenta Emilio Rivoira, socio del estudio proyectista junto a Jorge Hampton.

A pesar de que el edificio carecía una normativa que lo preservara, ya que no está dentro del Area de Protección Histórica 1, los arquitectos sugirieron al comitente comprometerse con el rescate patrimonial en lugar de demoler y construir desde cero. Así, el primer trabajo que emprendieron fue despejar las infinitas capas superpuestas de las distintas intervenciones a lo largo del tiempo, y desmontarlas hasta llegar hasta la caja muraria cruda.
Más tarde, el edificio fue catalogado en la categoría estructural, el nivel intermedio de protección que se refiere a “edificios de carácter singular y tipológico que caracterizan su entorno o califican un espacio urbano o son testimonio de la memoria de la comunidad”, aunque en sí mismos no tengan un valor histórico o arquitectónico especial. Pero el proyecto ya cumplía con todos los requisitos de protección.

A estos argumentos, los arquitectos sumaron el de la conservación como criterio de sustentabilidad. “Entendemos que recuperar materiales y estructuras existentes es un punto de partida esencial para el ahorro energía y recursos”, opina Rivoira.

Imagen industrial

En el mismo sentido, el proyecto de puesta en valor es respetuoso de la materia prima sobre la que opera. “No se propone aumentar alturas ni modificar fachadas; lo único que se hizo fue agregar superficies en un nivel de entrepiso sobre las dos franjas medianeras, sin alterar volumetrías, aprovechando la doble altura de la planta baja y la gran profundidad del edificio”, cuenta Rivoira. Esto requirió el trabajo adicional de reforzar las fundaciones para adecuarlo a las nuevas cargas.

Por otra parte, cuando el edificio funcionaba como fábrica, todas sus plantas eran libres salvo la última, donde estaba la vivienda colectiva. Por lo tanto, se retiraron todas las divisiones realizadas posteriormente que seccionaban las plantas, con lo cual se facilitó un planteo de organización flexible y versátil, con puestos de trabajo intercambiables. Y, lo que sin duda constituye el elemento más audaz de la intervención: una visibilidad cruzada para entender la totalidad del edificio. Esto, gracias a la instalación de la ya mencionada espina central que atraviesa todos los pisos, y donde se ubicaron las áreas de apoyo y salas de reuniones vidriadas.

Sobre este eje longitudinal se abrieron dos patios interiores que funcionan como un haz de luz natural y conducto purificador del aire, con lo cual se recrea también otra de las características originales del edificio: “Cuando funcionaba como fábrica, debajo de la gran lucarna central de la terraza se alineaban sectores de ladrillos circulares de vidrio que iban trasmitiendo el reflejo del sol un nivel a otro”, comenta Rivoira

El arquitecto explica que para el interior se optó por una intervención “rústica”, que busca asimilar el fuerte carácter industrial del edificio al de la empresa que hoy lo ocupa. “La idea era hacer visible ese espíritu fabril dentro del edificio a través del uso de perfilerías. Con este fin, se conservaron las escaleras metálicas con más de un siglo de antigüedad y se le otorgó un gran protagonismo a los gruesos perfiles metálicos que delimitan la “espina” central, y que, según señala Rivoira, se asimilan a las que se utilizan habitualmente en las refinerías.

En las áreas de trabajo, que rodean a este vacío en todo su perímetro, la convivencia entre lo viejo y lo nuevo se resolvió con algunos recursos casi escenográficos, como el contraste cromático –y cronológico– entre la caja muraría, pintada interiormente de color arena, y unas bandas de roca de yeso blancas que los cubren parcialmente, hasta dos metros de altura en cada nivel, de modo que los puestos de trabajo se recortan en un juego de claroscuros contra el telón de fondo mudo de la antigua estructura.

Espacios renovados

La fachada mantiene la estructura de la composición original, con el acceso al subsuelo por un montavehículos ubicado en el centro, en el mismo sector donde se ubicaba antiguamente el ingreso central de mercaderías. En tanto, la entrada del personal y visitantes, por un lado, y la de accionistas y miembros del directorio, por el otro, ubicadas simétricamente en los dos extremos de la fachada, mantienen las puertas originales. Los proyectistas explican que el tratamiento del frente se orientó a la “reparación de revoques y revestimientos con productos símil piedra”, y las carpinterías fueron reemplazadas por sistemas de plástico con doble vidriado.


En el último piso y al frente, donde estaba la vivienda se ubicó el área de Accionistas, diferenciada del resto, con un grado mayor representatividad institucional y pública. Todo el piso, que incluye un sector de oficinas hacia el fondo, se organiza alrededor de una gran lucarna que corona la espina vidriada. Desde allí se accede a un entrepiso con la cafetería de personal, que se expande hacia la terraza original, donde se realizó un techo vegetalizado (otra decision basada en la sustentabilidad). Este techo verde es transitable a través de decks, y sirve como un área de encuentro e intercambio social que es utilizada por el personal como lugar de almuerzo o merienda. Pero también es apta para eventos corporativos.
Al subsuelo, además de servir como estacionamiento, se lo destinó como otro ámbito posible para celebrar eventos gracias a la presencia de otra lucarna que abarca todo el patio del fondo. Es casi un aire y luz, pero también se lo aprovechó para generar la sensación de que el edificio, en su conjunto, está perforado e invadido por haces de luz natural que tienden a desmaterializarlo.