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domingo, 15 de enero de 2012

De cara a nuevo

La Galería Güemes recuperó su fachada sobre San Martín, la única original que le queda. Después de décadas, se puede ver el planteo original del ornamento y algunas piezas realmente únicas.






 Por Sergio Kiernan
La Galería Güemes sigue dando un ejemplo de libro –de tomo, de ensayo– del valor agregado que es el patrimonio. El magnífico edificio de Gianotti acaba de inaugurar la restauración de su fachada sobre la calle San Martín, la única original que le queda desde el incendio sobre Florida en los setenta. Verla con sus cementos en orden, sus herrerías pintadas y buena parte de las broncerías originales en su lugar es un privilegio: deben ser muy mayores los porteños que se acuerdan de esta alzada magnificente en este estado.
En la medio inimaginable Argentina optimista y rica de hace un siglo, la Güemes fue un ejemplo espectacular del tipo de capital que se estaba construyendo. Florida, chiquita y llena de autos y carrozas, ya era la calle comercial por excelencia desde hacía rato. Ni la Victoria que luego sería Hipólito Yrigoyen, con sus tiendas de telas y moda, ni mucho menos la Corrientes tanguera le competían a la Gran Vía de las mejores tiendas. En ese mundo jurásico, “El Centro” tenía a la Avenida de Mayo como eje y a Gath & Chaves como joya. Un grupo de inversores le salió a competir y así nació la galería.
El proyecto no era una tienda de departamentos ni una galería a la manera italiana, como la que seguimos conociendo como la Pacífico. A su manera, era mucho más urbana y moderna, un complejo de oficinas y comercios, con un teatro en sus profundidades y una torre-mirador, con bar y confitería, en las alturas. La Güemes nació como el edificio más alto de la urbe, con la torre más rara y moderna posible –tanto que sigue llamando la atención por su ascetismo en pleno siglo 21– y con un estilo de lujo ecléctico, algo desaforado, de fiesta.
¿Qué es la Galería Güemes? Habrá que refugiarse en esa palabra tan baqueteada, “eclecticismo”, porque no hay otra que le quepa. Esta pieza única es salvajemente individualista pero hija de las licencias poéticas del Art Nouveau. Lo que explica sus curvas, sus apliques ovoides en el gran cañón principal, sus desmadres escultóricos. Pero no explica encontrar capiteles casi bizantinos, estatuaria clásica, arcos de medio punto. Y, en todo caso, ¿qué hacen esos guerreros aztecas marcando los rebordes de donde nacen las arquerías? La belleza y la riqueza de este edificio tienen raíces en esas preguntas, y pocas construcciones porteñas emboban y distraen tanto como ésta.
Lo que le pasó a la Güemes es típico y simple: de un edificio bello y moderno pasó a ser simplemente uno viejo. Con un siglo encima, ahora es vista como un valor, un espacio que simplemente no podríamos construir. Sus dueños decidieron hace unos años revalorizar lo suyo y mostraron que con inteligencia y rigor estético el patrimonio es marca y valor agregado. La historia empezó con un administrador astuto que comenzó a restaurar la galería en sí, el vasto cañón de triple altura. De esos trabajos retornó una nueva luz, una belleza que acostumbró a todos a mirar para arriba y a ver turistas embobados, cámara en mano, viendo algo que no existe en las Américas y es raro hasta en Europa.
Con el cañón renovado, los locales despejados, los kioscos en buen orden, la galería ganó piné y marcas. Tiene una ocupación del ciento por ciento en espacios comerciales y muy alta en sus pisos de oficinas. El teatro que descubrieron intacto en el subsuelo, hoy llamado Piazzolla pero en sus tiempos famosos como bataclán de lujo, le dio una vida nocturna poco común a las galerías. El proceso de restauración se expandió a cada oficina que se desocupaba y que, antes de ser alquilada nuevamente, era despejada de moquetes y pinturas tontas, divisiones y “mejoras” para retornar lo más posible al original.
En los pasillos internos del vasto edificio se pueden ver hoy cateos profesionales para encontrar las combinaciones originales de colores, primera parte de un plan de repintar todo como en 1912. También se ven vidrios en pleno despintado, portones y verjas que pierden capas de esmaltes, mármoles que salen del gris del tiempo. Hay planes para reponer copias de las infinitas palmetas de bronce que poblaban rincones y verjerías, y que fueron robadas. Y se habla, con un brillo en los ojos, del futuro del mirador, de la terraza, del bar allá arriba, que es una belleza.
Y ya se puede detener uno en la calle San Martín, que duele de angosta para disfrutar de la fachada. Quien sacrifique el cuello doblado hacia atrás verá a nuevo el formidable arco de acceso, sostenido por columnas pareadas de buen mármol italiano. Allá arriba se verá una suerte de ¿zigurat? ¿templo? que es simplemente el modelado de la fachada con órdenes de ventanales y un balcón con columnas. Por encima de la cornisa, el edificio parece terminar, pero no, apenas se retira para seguir subiendo, invisible en este ángulo.
A izquierda y derecha se verán los grupos escultóricos ornamentales de los locales, uno de ellos con sus pesados, notables hierros originales, tocados de un cobre que ahora asoma. Y por encima, en los balcones de fierros negros, vuelven a campear después de décadas las cuatro esculturas de bronce trompetero, del amarillo y duro, con un pulido y protección flamantes para bancarse el aire sucio de la ciudad.
Estas alegrías van construyendo, o reconstruyendo, un lugar de Buenos Aires que efectivamente anduvo perdido. Es un simple tema de pensamiento: el patrimonio es muy bello, está muy bien construido y es un atractivo natural para seres humanos. La ecuación le está cerrando a la Güemes, en un proceso que sigue y sigue.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Conventillo de la Paloma lucha para no desaparecer

 El mundo del viejo conventillo que inspiró el sainete de Vacarezza soporta hoy tensiones legales. Mientras los inquilinos buscan protección patrimonial, la obra vuelve a contar la vida inmigratoria. Inquilinos y herederos pujan por la histórica casa.

La entrada real. Está en Serrano 156. Allí viven hoy 17 familias, unas 50 o 60 personas, de otra ola de la inmigración. La original estaba compuesta por españoles, italianos, árabes y judíos que trabajaban en una fábrica 
Mientras los comediantes del Conventillo de La Paloma salen a escena, los habitantes del Conventillo de la Paloma vuelven a sus piezas después de sus trabajos y sus días arduos de Buenos Aires 2011.

Hay dos conventillos y uno es la representación del otro. En el Teatro Nacional Cervantes, una nueva versión de la obra de Alberto Vacarezza (de 1929) convoca a sala llena y el drama, con algo de circo criollo y patio de tango, configura el sainete, que no ha muerto y sigue bien vivo en la Ciudad. El otro conventillo, el de Serrano 156, es el real y el drama es una puja que no cesa. Sus habitantes pugnan por no ser expulsados de sus habitaciones . Hay herederos (falsos herederos, según los habitantes de La Paloma) que vienen persiguiendo su propiedad, y hay inquilinos del conventillo que, sin embargo, no pagan alquiler.
“Nosotros, los habitantes actuales, somos la continuidad de los antiguos inmigrantes, trabajadores como ellos, y luchamos para que esto sea patrimonio cultural”, dice Abel Acosta, morador.

La política está en el epicentro de todo. Fernando Pino Solanas y Claudio Lozano apoyan a los habitantes del conventillo y defienden su derecho a quedarse donde están, porque están defendiendo, de acuerdo a esa visión, un patrimonio que sostienen y al que le dan vida cotidiana.

De Buenos Aires, la Reina del Plata, la de los barcos que llegaban al Hotel de Inmigrantes, a Buenos Aires 2011, de piquetes, okupas y disputas por un lugar para vivir, la historia misma del Conventillo traza un arco que exhibe las dos facetas –¿antagónicas?–, de tiempos muy diferentes, aunque coincidentes en la aridez cotidiana de la vida misma.

Todo empezó, según cuenta Acosta, alrededor de 1888.

Había una fábrica de zapatos por allí cerca, en Villa Crespo. En la fábrica trabajan hombres solos, que llegaban solos desde ultramar: Italia, España, el Medio Oriente, Europa Central... Trabajaban 12 horas y volvían al conventillo que había sido rentado, o tal vez comprado por los dueños de la fábrica para que allí vivieran sus obreros. Eran hombres solos y entonces, en algún momento ya por los años 20, tal vez, a alguien se le ocurrió llevar una mujer al conventillo: la Paloma. Llegó desde los prostíbulos del Bajo. Y los hombres hacían cola para llegar hacia ella.

Pero no era solo sexo lo que buscaban, aunque buscaban sexo, claro está. Un conventillo de hombres era la perfecta “invención de la soledad” y La Paloma atraía con su cuerpo pero también enamoraba. Y los inmigrantes se enamoraban de ella y la querían de cuerpo y de alma también. Esa fue la historia y esa es la clave de la obra de Vacarezza, plagada de humor simple, de serenatas a la dama, que desde un altillo miraba a la cohorte de deseantes que iban en procesión pacífica y a veces belicosas para obtener su cuerpo y su utópico amor.

En ese entonces había 110 piezas en la vivienda colectiva de Villa Crespo. Era tan grande que había autos que podían surcarla de Serrano a Thames, porque la edificación iba desde una cuadra hasta la otra. Vivían unas cuatro o cinco personas por pieza. En total, y en años de furor demográfico, cuando ya los hombres habían traído a sus mujeres e hijos de sus tierras, llegaron a vivir 400 personas.

Había solo dos baños para todos ellos. Había más pendencia en la cola del baño que en el balcón de la deseada Paloma. Y había pocos criollos nativos.

Hoy viven 17 familias en el conventillo, unas 50 o 60 personas. Son inmigrantes, pero mayormente del interior, del noroeste especialmente. Hay algunos, pocos, bolivianos y paraguayos, Antes, las fiestas del conventillo cohesionaban y alegraban la vida dura. Antes llegaban los bandoneones y el tango se bailaba y coreaba con acentos de mil países, que al fin fraguaron el lunfardo. Hoy las fiestas siguen con el mismo espíritu porque la vida sigue tan dura como entonces, aunque con otros dramas. A veces, los sábados, a la puerta de Serrano 156 llegan las murgas y todos bailan y celebran. El Club Atlanta manda entre los habitantes del sitio y el sábado 7 de mayo, cuando salió campeón de la B, la fiesta fue de mate y murga, y de procesión futbolera de hinchas campeones que iban y venían por las calles del Villa Crespo y alegraron con el frenesí de la victoria, las piezas del conventillo, como si todos hubieran sido campeones ese día.

Dentro de las instalaciones del Club Atlanta hay una leyenda singular: “Atlanta jamás será vencido”. No es un enunciado fáctico, porque así en el fútbol como en la vida, se gana y también se pierde. Es un lema más profundo que puede trasladarse a muchas cosas. Por ejemplo a ese lugar donde La Paloma despertó pasiones, reyertas y amores imposibles.

Porque El Conventillo de La Paloma, jamás será vencido.

sábado, 7 de mayo de 2011

Jornada sobre Patrimonio Arquitectónico Rioplatense

:: Quinta Jornada de Patrimonio Arquitectónico Rioplatense ::

 

El Instituto de Estudios Históricos de San Fernando de Buena Vista invita a la “V Jornada de Patrimonio Arquitectónico Rioplatense”
Se realizara el sabado 21 de mayo en el Museo de la Ciudad de San Fernando (Ituzaingó 1053,San Fernando – altura Av. del Libertador al 500)
El objetivo de estas Jornadas es promover la investigación e intercambiar ideas sobre el Patrimonio Arquitectónico Rioplatense y su conservación.

PROGRAMA10:00 hs. Inscripción
10:30 hs. Apertura de la Jornada.
13:00 hs. Almuerzo
14:00 hs. Jornada
16:30 hs. Acto de clausura y entrega de certificados.

Se abonará un bono contribución de $ 50 en concepto de inscripción y almuerzo
Cada exposición contará con diez minutos para su desarrollo.
Para ilustrar los trabajos que así lo requieran, los autores deben contactarse con los organizadores
Aquellos participantes que presenten trabajos deberán comunicarse con el Instituto.

Mas info en: http://historiasanfernando.com.ar
Presidente: Dr. Alberto David Leiva: albertodavidleiva@gmail.com
Secretaria: M. Rosa Arguibel de Donadío: mrosadon@hotmail.com
Vocal: Celia Codeseira del Castillo: celiadelcastillo@yahoo.com.ar

“COMO PROTEGER EL PATRIMONIO PÚBLICO”

Basta de Demoler en la Feria del Libro: La Fundación El Libro y Lázara G.E. invitan a la 1ª Conferencia sobre Patrimonio Público.

La Fundación El Libro y Lázara G.E. invitan a la 1ª Conferencia sobre Patrimonio Público
“COMO PROTEGER EL PATRIMONIO PÚBLICO”
Que se celebrará el día Sábado 7 de Mayo de 2011 a las 16 hs.
Sala Adolfo Bioy Casares de la Feria del Libro

En el acto debatirán con el público asistente:

Dr. Mario Sabugo (Director del Instituto de Arte Americano, Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, UBA)
Arq. Luis Grossman (Director Casco Histórico GCBA)
Arq. Marcelo Magadán (Asociación Civil Basta de Demoler)
Presentación: Lic. Juan Lázara (Docente Patrimonio Público)

Seminario de Turismo Cultural

:: Seminario: “Turismo Cultural en la Gestión de Museos” ::

                                          

La Universidad de Palermo invita a participar del Seminario “Turismo Cultural en la Gestión de Museos: El caso del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco”,
Se realizara en dos fechas: 10 de mayo (a las 19 hs) y 17 de mayo (a las 10 hs) en la sede de la UP ubicada en Larrea 1079.

Expositores:• Lic.Jorge Cometti -Director del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco
• Mariel Ricci – Turismo Cultural – Museo Isaac Fernández Blanco
• Osvaldo Lombardi -Turismo Cultural – Museo Isaac Fernández Blanco
Actividad libre y gratuita, requiere inscripción previa.

Mas info:Tel: 5199-4500 int. 2313
Mail: eventosface@palermo.edu
Inscripcion on line: http://www.palermo.edu/content/economicas/eventos/seminario-turismo-isaac-fernandez-blanco.html

miércoles, 27 de abril de 2011

Lo que queda del Palacio de Correos

Fue Roberto Lavagna, cuando era ministro de Economía, quien lanzó en un Congreso de IDEA, en Mar del Plata, la propuesta de convertir el majestuoso Palacio de Correos en un museo del Bicentenario que continuara la milla de oro museística de Buenos Aires y diera oportunidad de exhibición a muchas obras del acervo del Museo Nacional de Bellas Artes condenadas a los sótanos por falta de metros.

El palacio, que había sido elegido por la princesa de Gales como sede de la recepción ofrecida en la Argentina por la calidad de su arquitectura, estaba por entonces dentro de la órbita de Cultura. José Nun tenía la palabra cuando se llamó a un concurso de anteproyecto al que se presentaron, entre otros, Jorge Telerman y el hijo de I. M. Pei, arquitecto chino famoso por la pirámide que ejecutó para el Museo del Louvre.

De aquella iniciativa, que parecía auspiciosa, a la situación actual media una distancia mucho mayor que el tiempo transcurrido desde noviembre de 2006, fecha en la que se hizo público el proyecto ganador. No se cumplieron los plazos. El rumboso Centro Cultural del Bicentenario no se inauguró en mayo de 2010. Solamente hubo un acto en la nave central del Palacio, para comprobar que las pizarras de la mansarda original habían sido reemplazadas por vidrios, con la idea de iluminarla a giorno con los colores de las banderas de los países homenajeados en visitas oficiales.

El edificio, monumento histórico nacional, es una pieza clave de la arquitectura de Buenos Aires. Fue inaugurado en 1928 y lleva la firma de Norbert Maillart, autor, también, de los proyectos del Palacio de Tribunales y del Colegio Nacional de Buenos Aires. No es una novedad para nadie subrayar que el patrimonio arquitectónico es un recurso no renovable, referencia ineludible de la identidad de un país. Basta recordar con cuánto ímpetu los jeques de Qatar y Abu Dhabi han convertido al golfo Pérsico en el laboratorio de pruebas de los grandes arquitectos globales, para construir una cadena de nuevos museos que le otorgue "espesor" cultural a un país con más dinero que historia.

En un brusco golpe de timón, el Palacio de Correos y su millonario proyecto pasaron a manos del ministro De Vido. Prosperó la idea de instalar un gigantesco auditorio con acceso por la avenida Corrientes, lo que exigía desguazar la parte industrial. Quien camine por Corrientes en estos días no tiene más que asomarse detrás de la empalizada para ver que del edificio original queda la fachada; en el centro, hay un enorme vacío. La nada.

Las plantas de perímetro libre existentes, donde se hizo una recordada edición de Estudio Abierto, curada por Ana María Battistozzi, tenían la dimensión perfecta de una gran nave expositiva como son los Arsenales en la bienal veneciana. Conviene recordar que Maillart, cuando proyectó el edificio, tuvo que realizar una reforma clave en los planos originales debido a la baja calidad del suelo, que es tierra ganada al río. La estructura palaciega, incluidos el célebre Salón de los Escudos y el Salón Eva Perón, que Evita usó como despacho en 1946, corre serio peligro. Historia y patrimonio en riesgo, en una obra faraónica de final incierto.

Por Alicia de Arteaga

El Palacio de Correos

Correo Palacio

La preocupación por el destino errante del Palacio de Correo de la ciudad de Buenos Aires salió a la luz a través del ilustrativo texto de Alicia de Arteaga.

A propósito de ese tema, adherimos al deseo de su preservación y los hacemos con un aporte sobre la historia del edificio.

La primera sede del correo fue la casa de don Domingo de Basavilbaso, en las actuales Perú entre Alsina y Moreno, donde ahora funciona la legislatura porteña. En 1748 Basavilbaso había sido nombrado Correo Mayor, es decir, encargado de la correspondencia que llegaba y partía de Buenos Aires.

En 1822 fue trasladado a las actuales Bolívar, entre Belgrano y Venezuela. A partir de 1879 se estableció en el ala norte de lo que es hoy la Casa Rosada. Pero en 1882, al ser anexada esa edificación para agrandar la Casa de Gobierno, el correo pasó a Bolívar y Moreno, es decir, a dos cuadras del Cabildo.

En 1888 se proyectó la construcción del Palacio de Correos, en el Paseo de Julio (ahora Alem) y Cuyo (hoy Sarmiento). Para la tarea se contrató al ingeniero francés Norbert Maillart, quien se encontraba en Chile. Pasó por Buenos Aires y preparó los planos. El Congreso aprobó la obra y se le adjudicó una partida presupuestaria.

Proyecto original con frente en la actual avenida Alem.

De inmediato, una pirámide de ladrillos cambió la fisonomía del lugar. Y no fue una postal efímera. Durante 20 años los porteños vieron la misma pila de ladrillos. Una de las razones del retraso, según se dijo, fue la crisis de 1890. Otra, las dificultades que generaba el desnivel de la manzana elegida.

Ladrillos Correo Central
Montículo de ladrillos del Correo.
A todo esto, las oficinas del Correo se habían mudado en 1901 a Corrientes y Reconquista, a la espera de la construcción del Palacio. Era tiempo de relanzar la obra. En 1908, el ingeniero Maillart regresó a Buenos Aires para efectuar cambios. Los principales eran:

1) El frente dejaría de estar sobre el Paseo de Julio y pasaría a la actual Sarmiento.
2) Un enorme sector que en 1888 iba a contener caballerizas se transformaría en oficinas.

Palacio de Correos en construccion
En obra.

Ahora sí, comenzaba la construcción, que demandó ¡otros 20 años! Esta vez la culpa la tuvo la Gran Guerra en Europa.

El edificio que se ideó durante el gobierno de Juárez Celman terminó inaugurándolo Marcelo T. de Alvear curenta años después, el 20 de septiembre de 1928.

martes, 26 de abril de 2011

LA CUADRA

Papeles que van y papeles que vienen

El tema de La Cuadra sigue generando chispas y esta vez destacó los funcionamientos internos de esa institución extraña, el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales. Entre pretensiones de “tradición” y pedidos de informes sobre cómo hacen las cosas.

                                                
Por Sergio Kiernan
En el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales se han quedado de lo más nerviosos por haber “desestimado” La Cuadra, la última caballeriza porteña, y haberla luego “estimado” por la clarísima presión de los vecinos. En el primer caso, mostraron una estupenda, olímpica incompetencia al no darse cuenta de lo que estaban haciendo. Lo que originó el segundo caso, que la firma que quiere demoler el lugar para hacer otra torre cementuda quiere usar para pleitear contra la Ciudad por millones. Este anuncio, además de un clásico apriete legal para lograr lo suyo, es fuente de preocupaciones en un sentido inesperado: si estos millones se tendrán que pagar algún día por la incompetencia de los miembros del CAAP ¿no tendrán que pagar ellos? Los que son funcionarios están cubiertos por las generales de la ley, pero los demás no...

Lo que tal vez explica el ataque de solemnidad con que respondieron al pedido de los vecinos de La Cuadra de hablar con ellos. Hasta el arquitecto Ramón Ledesma, director general de Interpretación Urbana, cabeza natural del CAAP y un fiel empleado de su subsecretario Héctor Lostri y su ministro Daniel Chaín, perdió su habitual cinismo de hombre de la industria que hace lo que sea por la industria. El CAAP y el director general hasta le robaron una frase al Parlamento británico y hablaron de la “tradición” del Consejo Asesor, lo que daría risa si no fuera patético (arquitecto Ledesma, ¿en serio?).

Todo empezó cuando el arquitecto Natalio Churba pidió hablar con el CAAP. Churba puso todos sus cañones en lograr que le permitan demoler La Cuadra para hacer una de sus torres, con lobbyistas de lujo como Diego Guelar –a quien no le molesta ser director de la fundación cultural del Banco Ciudad y hacer lobby en ámbitos de la Ciudad– y lobbystas menos explicables como Miguel Schapire. Los vecinos de la Asociación Civil Barrio La Imprenta se enteraron del pedido de Churba y decidieron pedir ellos también hablar ante el CAAP.

Lo hicieron en un email muy formal y educado fechado el 4 de abril y firmado por Guillermo Blousson, presidente de la Asociación Civil. La nota dice que escuchó que el CAAP estaba analizando si recibir o no a Churba, le recuerda al Consejo que “ya ha denegado” reunirse con los vecinos, y le señala que atender al empresario-arquitecto “excedería las misiones y funciones” del ente. La nota termina adelantando que si reciben a Churba, los consejeros se encontrarán ante la exigencia de los vecinos de ser atendidos ellos también.

La respuesta llegó el 11 de abril, avisando que el tema se había analizado el mismo 5, que cayó martes y por tanto era día de reunión. La buena noticia es que el CAAP decidió “por unanimidad” rechazar el pedido de reunión de Churba. La noticia curiosa es por qué, según dicen en la nota, llegaron a esa decisión. La primera razón es “una tradición” de no recibir a nadie y basarse en “la información presentada en el expediente” para que esto “redunde en la transparencia y en la libertad de criterio de los Consejeros” (así, con mayúsculas). La segunda razón es que tanto La Cuadra como La Imprenta son tratados por la Legislatura, con lo que ése es el ámbito para discutir el asunto.

El párrafo final es la mala noticia, en lo conceptual. “En aras de la transparencia” y para trabajar “libres de presiones y de velados o explícitos condicionamientos” le piden a Blousson que en el futuro se dirija por nota al CAAP como institución “y no, como en esta ocasión, a las casillas de correo electrónico privadas de algunos de sus Consejeros”.

Esta aparente tontería es más importante de lo que parece, porque es un indicio de la desorganización con que se maneja el patrimonio en la ciudad. Resulta que el CAAP sigue funcionando básicamente como cuando era un triste organito asesor del ministro de Desarrollo Urbano al que era gratis ignorar. Desde que recibió el mandato de revisar todo pedido de demolición de algo anterior a 1941, el CAAP recibió una masa de trabajo enorme pero sigue en su pecerita prestada en el edificio del Mercado del Plata, sigue dependiendo de los lobos cuidadores de ovejas y sigue sin tener ni la tecnología, ni el personal, ni el tiempo para cumplir su tarea con alguna seriedad. Al director general Ledesma y sus superiores esto no les importa, como no les importa a sus teledirigidos como Susana Mesquida o las representantes de Cultura, ya que la improvisación permite demoler más. La cosa es tan triste, que el CAAP ni siquiera tiene una dirección de mail. La única manera de comunicarse con los consejeros –con minúsculas– es con los mismos mails a los que Ledesma y su gente les mandan la información con que trabaja el Consejo.

La ironía es que los Consejeros firmaron esta respuesta, que fue escaneada y enviada a Blousson desde la casilla privada de un miembro del CAAP. Pese a que el Consejo depende de Desarrollo Urbano, la girl scout que se ocupó del trámite fue la teledirigida arquitecta Graciela Aguilar, que representa Cultura en el ente.

Ya que sacaron el tema de cómo actúa el CAAP, Blousson lo tomó y contestó la nota haciendo sus propios interrogantes. Blousson se pregunta cómo hace uno para comunicarse con el CAAP, por qué sus reuniones son efectivamente secretas, cómo puede ser que en apenas un par de años ya exista “una tradición”. De hecho, le pregunta por qué se abandonó otra “tradición” que hizo que el editor de este suplemento y los representantes de Basta de Demoler sí hayan sido testigos de sesiones del Consejo.

Todo esto amerita un pedido de informes para ver cómo se maneja realmente un ente que, en concreto, maneja millones de dólares en ladrillos y terrenos. Las tonterías del CAAP ya costaron centenas de edificios patrimoniales y parece que le van a costar a los porteños millones de dólares en juicios a futuro. Por ejemplo, es notorio que pese a que la Legislatura le dio más tiempo a los consejeros para analizar los edificios, Ledesma sigue apurando las cosas: los casos a tratar los martes les llegan a los miembros apenas el jueves anterior a sus ahora famosas casillas de correo privadas. Con un poco de suerte, este episodio pernóstico puede servir para aclarar las cosas.


Se hizo la luz en la vieja fábrica

Hampton + Rivoira transformaron una planta textil de Monserrat en un edificio de oficinas moderno, flexible y abierto a la luz del sol.



La intervención del estudio Hampton + Rivoira en un viejo inmueble industrial textil del barrio de Monserrat para convertirlo en un edificio de oficinas corporativas, tiende a sumar a lo que antes era sólido y pesado lo que ahora es liviano y transparente. Gracias a la apertura de una “espina dorsal” vidriada que atraviesa sus tres pisos y los riega con luz solar cenital, la vieja fábrica textil se convirtió en una suerte de gran claustro en altura, en el que la separación física entre las distintas plantas se disuelve literalmente en la luz.

El edificio alberga las oficinas centrales de la empresa Medanito S.A, dedicada a la explotación petrolera, gasífera y forestal, que lo adquirió en 2007. Este inmueble entre medianeras, construido sobre un terreno de 14,5 m de frente por 60 m de profundidad, fue proyectado en la década de 1890 por el arquitecto franco-catalán Alfredo Massüe (1860-1923), conocido sobre todo por ser el autor del Mirador Massüe, en la esquina de Talcahuano y Tucumán. Por entonces, en la planta baja funcionaban el depósito y el local de venta; en el primer piso, con un amplio balconeo sobre el nivel cero, la fábrica, y en el segundo, una vivienda para empleados de la textil y sus familias.

Pero durante la segunda mitad del siglo XX cambió drásticamente de función para pasar a albergar a la sede del Partido Justicialista de la Capital Federal y, entre las sucesivas modificaciones que se le hicieron, perdió ese único balconeo. “Las reformas anteriores prácticamente anularon las características espaciales originales. Nuestro proyecto propuso la recuperación de la caja arquitectónica, para que apareciera el edificio en todo su valor”, cuenta Emilio Rivoira, socio del estudio proyectista junto a Jorge Hampton.

A pesar de que el edificio carecía una normativa que lo preservara, ya que no está dentro del Area de Protección Histórica 1, los arquitectos sugirieron al comitente comprometerse con el rescate patrimonial en lugar de demoler y construir desde cero. Así, el primer trabajo que emprendieron fue despejar las infinitas capas superpuestas de las distintas intervenciones a lo largo del tiempo, y desmontarlas hasta llegar hasta la caja muraria cruda.
Más tarde, el edificio fue catalogado en la categoría estructural, el nivel intermedio de protección que se refiere a “edificios de carácter singular y tipológico que caracterizan su entorno o califican un espacio urbano o son testimonio de la memoria de la comunidad”, aunque en sí mismos no tengan un valor histórico o arquitectónico especial. Pero el proyecto ya cumplía con todos los requisitos de protección.

A estos argumentos, los arquitectos sumaron el de la conservación como criterio de sustentabilidad. “Entendemos que recuperar materiales y estructuras existentes es un punto de partida esencial para el ahorro energía y recursos”, opina Rivoira.

Imagen industrial

En el mismo sentido, el proyecto de puesta en valor es respetuoso de la materia prima sobre la que opera. “No se propone aumentar alturas ni modificar fachadas; lo único que se hizo fue agregar superficies en un nivel de entrepiso sobre las dos franjas medianeras, sin alterar volumetrías, aprovechando la doble altura de la planta baja y la gran profundidad del edificio”, cuenta Rivoira. Esto requirió el trabajo adicional de reforzar las fundaciones para adecuarlo a las nuevas cargas.

Por otra parte, cuando el edificio funcionaba como fábrica, todas sus plantas eran libres salvo la última, donde estaba la vivienda colectiva. Por lo tanto, se retiraron todas las divisiones realizadas posteriormente que seccionaban las plantas, con lo cual se facilitó un planteo de organización flexible y versátil, con puestos de trabajo intercambiables. Y, lo que sin duda constituye el elemento más audaz de la intervención: una visibilidad cruzada para entender la totalidad del edificio. Esto, gracias a la instalación de la ya mencionada espina central que atraviesa todos los pisos, y donde se ubicaron las áreas de apoyo y salas de reuniones vidriadas.

Sobre este eje longitudinal se abrieron dos patios interiores que funcionan como un haz de luz natural y conducto purificador del aire, con lo cual se recrea también otra de las características originales del edificio: “Cuando funcionaba como fábrica, debajo de la gran lucarna central de la terraza se alineaban sectores de ladrillos circulares de vidrio que iban trasmitiendo el reflejo del sol un nivel a otro”, comenta Rivoira

El arquitecto explica que para el interior se optó por una intervención “rústica”, que busca asimilar el fuerte carácter industrial del edificio al de la empresa que hoy lo ocupa. “La idea era hacer visible ese espíritu fabril dentro del edificio a través del uso de perfilerías. Con este fin, se conservaron las escaleras metálicas con más de un siglo de antigüedad y se le otorgó un gran protagonismo a los gruesos perfiles metálicos que delimitan la “espina” central, y que, según señala Rivoira, se asimilan a las que se utilizan habitualmente en las refinerías.

En las áreas de trabajo, que rodean a este vacío en todo su perímetro, la convivencia entre lo viejo y lo nuevo se resolvió con algunos recursos casi escenográficos, como el contraste cromático –y cronológico– entre la caja muraría, pintada interiormente de color arena, y unas bandas de roca de yeso blancas que los cubren parcialmente, hasta dos metros de altura en cada nivel, de modo que los puestos de trabajo se recortan en un juego de claroscuros contra el telón de fondo mudo de la antigua estructura.

Espacios renovados

La fachada mantiene la estructura de la composición original, con el acceso al subsuelo por un montavehículos ubicado en el centro, en el mismo sector donde se ubicaba antiguamente el ingreso central de mercaderías. En tanto, la entrada del personal y visitantes, por un lado, y la de accionistas y miembros del directorio, por el otro, ubicadas simétricamente en los dos extremos de la fachada, mantienen las puertas originales. Los proyectistas explican que el tratamiento del frente se orientó a la “reparación de revoques y revestimientos con productos símil piedra”, y las carpinterías fueron reemplazadas por sistemas de plástico con doble vidriado.


En el último piso y al frente, donde estaba la vivienda se ubicó el área de Accionistas, diferenciada del resto, con un grado mayor representatividad institucional y pública. Todo el piso, que incluye un sector de oficinas hacia el fondo, se organiza alrededor de una gran lucarna que corona la espina vidriada. Desde allí se accede a un entrepiso con la cafetería de personal, que se expande hacia la terraza original, donde se realizó un techo vegetalizado (otra decision basada en la sustentabilidad). Este techo verde es transitable a través de decks, y sirve como un área de encuentro e intercambio social que es utilizada por el personal como lugar de almuerzo o merienda. Pero también es apta para eventos corporativos.
Al subsuelo, además de servir como estacionamiento, se lo destinó como otro ámbito posible para celebrar eventos gracias a la presencia de otra lucarna que abarca todo el patio del fondo. Es casi un aire y luz, pero también se lo aprovechó para generar la sensación de que el edificio, en su conjunto, está perforado e invadido por haces de luz natural que tienden a desmaterializarlo.

jueves, 21 de abril de 2011

El habla de los porteños: copado chamuyo autóctono

El lenguaje es un hijo mutante de su época. La Babel porteña amasa su decir con vocablos nacidos por grupos de edad, por origen, por oficio, por sector social. El tiempo los olvida o los convierte en patrimonio común.



Recordaba aquellas ho­ras de garufa cuando minga de laburo se pa­saba, meta punguia, al codillo escolaseaba y en los burros se ligaba un metejón; cuando no era tan junao por los tiras, la lan­ceaba sin tener el manyamiento, una mina le solfeaba todo el vento y jugó con su pasión." Es un frag­mento de tango "El ciruja", que Er­nesto de la Cruz y Francisco Alfre­do Marino compusieron en 1926. La canción es uno de los ejemplos más acabados del lunfardo en el género, con más de 30 voces en toda la obra.

Luego llegó el lirismo de Ho­mero Manzi, Enrique Santos Dis­cépolo y Cátulo Castillo. Pero esos términos daban cuenta del habla de los porteños; de esos tipos que -nunca más cabal la expresión- descendían de los barcos y llega­ban a una ciudad en plena ebulli­ción. Ahora, cuando el siglo XXIestá haciendo sus primeros palo­tes, ¿cómo cambió la forma en la que hablamos los habitantes de esta urbe? ¿Qué influencia tienen Twitter, Facebook, los mensajes de texto y otras tecnologías en la economía del lenguaje? ¿Aca­so aquellos grupos de malevos no pueden con justicia considerar­se una "tribu urbana" de aque­llos años?

Periodista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, Marcelo Héctor Oliveri cree ne­cesario definir qué es el lunfardo. "Es un conjunto de palabras que utilizamos los hablantes riopla­tenses, en oposición a los térmi­nos establecidos. Hay gente que piensa que el lunfardo es hablar al revés o un lenguaje tanguero, de marginales y carcelario. Y tie­ne una relación con la inmigra­ción, con los términos que traje­ron nuestros abuelos y bisabuelos desde Italia, España, Turquía y muchos otros países. Además, cada lugar tiene su regionalismo. En Buenos Aires, si alguien pide que le traigan el changuito, segu­ramente esa persona quiere ir al supermercado. En Jujuy, llamarán al pibe."

Oliveri hace una suerte de seguimiento personal de neolo­gismos en diarios y revistas. "Los viernes, compro el suplemento joven de Clarín. Ahí aparecen pa­labras que son tan lejanas para nosotros como el chino, pero al tiempo saltan a otras seccio­nes del diario y a los pocos me­ses la está usando Macri", ilus­tra. Cuenta que hace unos años leyó en una nota que un can­tante tenía que "bajar un cam­bio" y dejar las adicciones. Lue­go, el jefe del gobierno porteño la usaba para despotricar contra un opositor.

Petitero (habitués de los petit café), caquero (engreído), cheto y ¡qué plato! son expresiones que despertarían risas y acusaciones de antiguo o pasado de moda en quien las utilice. En cambio, esta­ría muy bien verse una peli el fin­de, si esa chabona que tanto me gusta no se ortiba, se copa y me da cabida.
"No me asusta que se creen todo el tiempo nuevas palabras porque el lenguaje es algo muy dinámico. Sí me preocupa que los chicos usen sólo entre 20 y 30 palabras, que el ‘nada' sea una de las tantas muletillas que desnudan falta de recursos para decir cosas. Sólo usan las pala­bras que escuchan y las repiten todo el tiempo. No leen, y eso sí es grave. Homero Manzi comen­zó a componer canciones a los nueve años. Hoy no hay muchos chicos de esa edad que tengan esas cosas para decir", analiza Olivieri.

Director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Fi­lológicas de la Academia Argen­tina de Letras, Francisco Petrecca da un ejemplo muy cotidiano para graficar la forma de hablar de los porteños. "Cuando vivís en un barrio y te armás una rutina, to­más a lo sumo tres o cuatro líneas de colectivo. Y si te mudás, sumás otras tantas, pero no mucho más. Es una cuestión de como­didad. Hoy en día hablamos con muchísimas muletillas por pereza, por desconocimiento de otras vo­ces y porque es fácil. Es una fa­lencia que viene desde la escuela, una institución que muchas veces se plantea que lo bueno es no ha­cer nada novedoso y repetir lo ya dicho", critica.

Petrecca cree que, final­mente, es un tema de una libertad lingüística que no estamos ejerciendo. "Tene­mos la capacidad para ex­presarnos en diferentes registros del habla, con las múltiples posi­bilidades que nuestro idioma per­mite. Sin embargo, hoy todo es boludo y boluda. No me moles­ta la palabra; me molesta que se pierdan precisiones." Hay formas múltiples de llamar a un amigo y también de decirle que, en nues­tra opinión, es medio tonto.

Oscar Conde, licenciado en Letras, docente, ensayista y poe­ta, cree que los medios juegan un papel fundamental en la for­mación de neologismos. Y saca a relucir su lista de "palabras te­máticas".
"La revista dislocada comen­zó a usar la voz gorila; Niní Mars­hall dijo aquello de tarúpido por estúpido y Telecómicos, en los 70, acuñó el inoxidable pendor­cho. Más recientemente, algunas palabras aparecieron desde el programa de Tinelli, como con­chero o botineras. Pero hay un fenómeno que no ocurría antes: el uso se extiende rápidamente -quizás en menos de una sema­na- hacia el interior del país; la forma de hablar de Buenos Aires es una suerte de modelo que to­man, por ejemplo, en Salta o Ju­juy. Muchos puristas creen que el lenguaje del chat o el Twitter cambiará la forma de hablar. No lo creo. Un adolescente le escri­be a su novia por mensaje tkm, pero estoy seguro de que cuan­do la ve le dice te quiero mucho. Sí es preocupante la falta de vo­cabulario y que esas formas de escritura lleguen a la escuela. El chico debe poder diferenciar los dos registros."

Oliveri, de la Academia del Lunfardo, busca ser conciliador. Dice que a la fuerza tenemos que cambiar el habla por­que, caso contrario, que­damos afuera de las char­las. "Hace 20 años, no existía el chat, ni el e-mail y el mouse era el ratoncito de Disney. Ésta es el habla actual de Buenos Aires, nos guste o no. Algunas de estas nuevas pa­labras perdurarán y otras no. El lunfardo tiene muchas que aún tienen vigencia", dice. Mientras Marcelo habla, afuera de la Aca­demia, una mina y un chabón hacen cola en un local. Están buscando laburo. Andarán mal y sin vento.

Enrique Durán Redacción Z

martes, 19 de abril de 2011

El patrimonio de la ciudad

Marta Lucía Agostini de Varela
Para LA NACION


Recientemente, Buenos Aires celebró por primera vez el Día del Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la ciudad según lo establecido por la ley 3628. Con tal motivo se llevaron a cabo actos para reflexionar sobre los avatares de la protección patrimonial en nuestra amada y a veces tan maltratada Reina del Plata.

Pocos discuten hoy la importancia de la preservación del patrimonio para una sociedad, entendido como el conjunto de bienes intangibles y tangibles que se transmiten de una generación a otra. La memoria, las tradiciones, las expresiones culturales, entre los primeros, son constitutivos de la identidad de un pueblo. Pero no menos importantes son las concreciones materiales de esa acción cultural. Precisamente, es el patrimonio construido el que se recuerda en esa fecha.

Las voces no son tan unánimes cuando se debate sobre qué es lo que hay que conservar y qué no. Las posiciones tienden a tensarse entre dos extremos opuestos: por un lado están quienes consideran que todo tiene carácter histórico o patrimonial, y en consecuencia debe ser preservado, y por el otro, aquellos que ven en los restos del pasado sólo "cosas viejas", y por lo tanto desechables en nombre de la renovación y la modernidad.

Esta tensión entre enfoques aparentemente irreconciliables no es un fenómeno nuevo; el estudio de la historia nos demuestra que ya hemos pasado por situaciones similares. En efecto, a fines del siglo XIX y principios del XX, Buenos Aires, una vez que fue erigida en capital de la República, se dedicó fervientemente a deshacerse de su tradición hispánica y todo lo que recordara su pasado colonial.

La Casa de los Pavos Reales

Las polémicas no estuvieron ausentes. Una de ellas fue la que ocasionó la ya por entonces añeja Pirámide de Mayo. En el marco de la modernización de la ciudad, el intendente Torcuato de Alvear ordenó que fuera derribada. Sin embargo, el Concejo Deliberante, en la sesión del 8 de abril de 1884, manifestó "que los monumentos públicos, que las naciones levanten, para la perpetuación de los hechos gloriosos de su historia deberán ser conservados con religioso respeto por la posteridad independientemente de su valor artístico".
Precisamente por ese hecho, que podríamos considerar fundante de la preservación patrimonial en nuestra ciudad, se estableció que el 8 de abril de cada año se festejara el Día del Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico.

                                                             Ex Confiteria El Molino

En materia legislativa se ha avanzado con la sanción de numerosas catalogaciones, las reglamentaciones de una gran cantidad de areas de Protección Histórica y la renovación del denominado Procedimiento de Promoción Especial de Protección Patrimonial (ley 3680), que obliga a que todo permiso de obra o demolición de los inmuebles anteriores a 1941 sean previamente evaluados por el Consejo Asesor de Asuntos Patrimoniales, para determinar si deben ser preservados o no.

Sin embargo, es mucho lo que aún queda por hacer. Personalmente, considero que hay dos temas que deben ser impulsados. El primero es que los propietarios de bienes patrimoniales deben ser compensados, para que no sientan la catalogación como un "castigo" que menoscaba el valor económico de sus inmuebles. Entre los medios para lograr esto, propusimos el procedimiento conocido como "transferencia de la capacidad constructiva", actualmente en estudio, que les permitirá tener un incentivo económico que los respalde para defender sus propiedades.

La Casa Mínima

El otro, superar el estadio de preservaciones de edificios individuales y avanzar en la protección de áreas, conjuntos, entornos, perspectivas, alturas; en definitiva, el paisaje entendido integralmente.
Es necesario poner el acento en el extraordinario patrimonio verde que posee nuestra ciudad, constituido por sus parques, plazas y jardines. Los mismos fueron diseñados y construidos por grandes paisajistas y merecen la misma protección que las obras arquitectónicas, aunque reconociendo su especificidad. Los jardines son obras de arte de extremada fragilidad, sometidas a agresiones de todo tipo, y por lo tanto deben recibir un tratamiento especial para su conservación.

Por este motivo he presentado un proyecto de ley que tiene como objetivo elaborar un catálogo de los parques, plazas y jardines históricos de la ciudad de Buenos Aires. Allí se instituyen como criterios de selección sus valores históricos, paisajísticos y su singularidad, y también se establece que las intervenciones por realizar podrán ser de mantenimiento, conservación, restauración o recuperación, y que deberán basarse en una exhaustiva investigación que incluya la documentación histórico-paisajística respectiva, evidencias arqueológicas y demás datos pertinentes.

Esperemos que en el futuro el 8 de abril sea un pretexto para profundizar nuestros conocimientos, reflexionar sobre las importantes implicancias que el cuidado del paisaje urbano tiene sobre nuestra vida cotidiana y comprometernos con la defensa de nuestra herencia, por nosotros y por nuestros descendientes.

La autora es legisladora de la ciudad de Buenos Aires por Pro