sábado, 23 de abril de 2011

El día en que los turistas se sintieron gobierno.

Visitar la Casa Rosada, toda una atracción

Aunque muchos porteños escaparon de la ciudad aprovechando los feriados de Semana Santa, Buenos Aires está llena de turistas del interior y extranjeros, que ocupan el 80 por ciento de las plazas hoteleras de establecimientos de 4 y 5 estrellas.

Ayer, pese a la amenaza constante de lluvia, que se materializó en algún que otro chaparrón y en una llovizna persistente, los turistas pasearon por los puntos estratégicos y coparon, entre otros centros de atracción, la Plaza de Mayo y la Casa Rosada que, como sucede todos los fines de semana y feriados, abrió sus puertas al público en un tour que dura 30 minutos.

Muchos visitantes, queriendo emular a algún político argentino, salieron a saludar a unos de los balcones, mientras que otros comentaban la belleza arquitectónica del palacio y los detalles de la ambientación.
Después del paseo por la Plaza de Mayo, que también incluyó una parada obligada en la Catedral Metropolitana desde donde en horas de la noche partió el Vía Crucis porteño, varios turistas optaron por el shopping y el paseo por la peatonal Florida.

Otro recorrido imperdible para muchos de esos visitantes fue la Feria del Libro, a la que llegaron para interiorizarse de las últimas novedades en materia literaria y, además, disfrutaron de las charlas que varios autores ofrecen para el público.

Palermo, San Telmo y Recoleta fueron otros de los barrios atestados de turistas. Con ofertas gastronómicas muy tentadoras que hacían imposible sentarse a la mesa no bien se llegaba al lugar, el almuerzo se extendió hasta bien entrada la tarde.

Las promociones para comprar indumentaria también fueron aprovechadas por varios turistas que salían de los locales con no pocas bolsas. A la noche, los espectáculos de la calle Corrientes fueron un imán para los extranjeros, que se deleitaron con las propuestas de la abundante cartelera porteña.

“Buenos Aires es inexplicable, te enamora y no sabés por qué”

Vivió en París, Londres y su Montevideo natal, donde tuvo un gran amor. Pero dice que le es fiel a su alma porteña.
 
 CHINA ZORRILA. ACTRIZ. A LOS 89 AÑOS, ESTRENO OBRA EN EL TEATRO DEL GLOBO. 
Abre las puertas de su casa y recibe con pura ternura. China “es” pura ternura. Y resulta que, además de ser la señora actriz del Río de la Plata, la mujer que pisó mil escenarios durante toda su vida, la de aquellas frases inolvidables en la pantalla grande, y la única que fue capaz de fastidiar con mucha gracia a Mirtha Legrand, también es una buena anfitriona. El café favorito hoy se toma en su casa: y ahí está ella, tierna y serena, para hablar de la vida, del amor, de los miedos por lo que vendrá y también del trabajo. ¿Se puede trabajar a los 89 años? Para China Zorrilla (que se estira para redondearse en los 90 en cada charla) parece que sí, y que hasta resulta una buena terapia en el mejor lugar del mundo: el escenario. Desde la semana pasada China hace “Las d´enfrente” en el Teatro del Globo. Y dice que le gusta mucho.

¿Por qué la disfruta tanto?
La obra es cómica, divertida ¡y es muy graciosa! Y el teatro estalla en una gran carcajada con la última frase que dice una de “mis hijas”. ¡Es tanto lo que se ríen que no les importa el final!
China ríe, pero también está preocupada por su agenda. Está con el estreno, muchas entrevistas, y eso la mantiene ocupada y entretenida, pero también un poco cansada. Hoy tiene la casa llena de adornos, de rico perfume y también hay un piano que le gusta tocar. “Lo toco mal, pero qué importa, toco lo que me divierte a mí”, dice, y ríe.

Flor, su perrita yorkshire, ronca detrás de la mesa. Del otro lado, hay un estante que le dispara varios recuerdos: primero repasa los años que vivió en París (“París es toda mi niñez”), después recuerda su amor por su Montevideo natal (donde creció en una familia patricia y actuó todos los clásicos de las tablas), y también aquel que la hizo sufrir por un montevideano que le rompió el corazón (“Me enamoré perdidamente. El era algo impresionante. Cuando salíamos la gente se daba vuelta a mirarlo, las mujeres comentaban con sus maridos. Pero se murió a los 26 años. Y cuando murió salió en un diario de París “hoy murió en Montevideo el hombre más lindo del mundo”), lamenta. Y antes de hablar de Buenos Aires (“yo nací porteña”, dirá), le dedica varias sonrisas a Londres, donde fue becada por el British Council para estudiar en la Royal Academy of Dramatic Art. “Cuando llegué me di cuenta que no hablaba inglés y terminé recitando un poema en francés en la audición. Los ingleses se mataban de risa, creían que era un chiste”, recuerda.
Y quiere hablar de amor. Y justo ella, que siempre fue la heroína de las solteras, la primera en defender su derecho a esperar el amor verdadero más allá de la edad, ahora dice que está arrepentida. “En el fondo tengo la idea de que no me casé y que estoy sola en el mundo. Tuve cuatro hermanas mujeres y ellas no saben que yo las envidio porque tuvieron marido. Pero igual cuando ‘el que te dije’ me diga ‘se terminó la farra’ yo me voy a ir muy contenta. Tuve la vida que quería. No me casé, ni tuve hijos, pero hice muchas cosas. Viví con mayúsculas y ahora estoy en la dulce espera. Pienso siempre en la muerte. Sin embargo no hay otra que esperar. Mientras tanto tuve suerte en la vida. Fui feliz”.

Y ahora sí, con Flor encima, y el piano cerca, habla de Buenos Aires. “Hace 20 años que vivo en esta misma cuadra de Recoleta, los vecinos me conocen, me dicen que me ven en la tele y hasta me piden que les cuente el final de la novela. Esta calle es como un barrio. Mis amigas coquetas me quieren llevar a Palermo ¡pero yo no quiero! Es cierto: no sé cómo viví en otras ciudades, pero tampoco sé qué es lo que me gustó tanto de Buenos Aires. Es inexplicable, es como cuando te enamorás, que no sabés por qué es”, dice China. Y antes de acompañar a la puerta regala una más de las suyas: “Siento que Buenos Aires es como mi casa, una casa más grande que la de antes. Y que la calle en la que vivo se llame Uruguay es un hermoso chiste. Era como si me estuviera esperando”, celebra.

Un nuevo hotel de lujo

Ofrece cavas de vino en cada cuarto

TODO EN UNO. LA BAÑERA DE CALDEN, EN PRIMER PLANO, INTEGRADA A LA HABITACION.

TODO EN UNO. LA BAÑERA DE CALDEN, EN PRIMER PLANO, INTEGRADA A LA HABITACION.
Un nuevo hotel de lujo ofrece cavas de vinos en cada cuarto Ampliar
Un nuevo hotel de lujo ofrece cavas de vinos en cada cuarto

Un sistema de frío recorre los 12 pisos para que en cada habitación funcione una cava personal con una selección de vinos tintos, blancos y champagne y desde el dispenser se pueda servir una copa en cualquier momento a la temperatura justa . Eso, en un nuevo hotel de lujo –el primero que se anima a sumar al vino a su propuesta–, de la mano de una familia emblemática, los Catena. Eso, sin desmerecer otras condiciones: todo está pensando para el bienestar en una propuesta que va de la artesanía a la tecnología.

En los próximos días abre MIO Buenos Aires, en Quintana entre Callao y Ayacucho, propiedad de César Catena, el primo de Nicolás, hacedor de los Catena Zapata, la bodega que recientemente visitó Bono, cantante de U2.

César tiene la propia –Alfredo Catena– y llevó su pasión más allá: compró centenarios toneles de roble francés para hacer la puerta principal de entrada de 6 metros de altura y la de cada una de las, amplias, 30 habitaciones.

Para las bañeras –que están integradas a las habitaciones– usaron caldenes de 200 años de antigüedad. Son imponentes, piezas enteras: un árbol por cada bañera. Fue otra idea de Catena, tras el incendio en su campo en La Pampa. Y un artesano, Mario Dasso, talló las 26 bañeras, todas artesanías únicas, que luego fueron sometidas a un proceso de impermeabilización.

Detrás de todos los detalles, preparando la apertura está Cristina Catena, la esposa de César. “Queremos que el huésped se sienta en un lugar único y que nos recuerden”, explica. Por eso se llama MIO y lo definen como una “fusión de atrevido diseño, confort y meticuloso servicio, con la última tecnología disponible”. Tiene 30 habitaciones con tarifas que irán, en la promoción de los primeros días, entre los 350 y los 700 dólares la noche (www.miobuenosaires.com) Y la tecnología recorre ambientes y por Wi-Fi el aire del hotel. Llega incluso hasta el restaurante, que será la segunda sucursal en la Ciudad de To, creación de Toufic Rueda, el primero que trajo un kaitén –la cinta transportadora de sushi– a la Argentina. Ahora habrá iPads en las mesas para que los comensales puedan elegir su comida en una carta virtual.

En Federico Lacroze surge un nuevo polo gastronómico

 La mayoría son casas de té y cafeterías que abrieron en los últimos 5 años y ofrecen pastelería gourmet. Si se suma a los de las calles aledañas, el número de opciones sube a 28. En 2001 había 4. Trece locales en apenas 3 cuadras de la avenida .


En apenas tres cuadras, entre Cabildo y la calle Villanueva, la avenida Federico Lacroze es el paseo de las tentaciones . Hay trece locales que ofrecen exquisiteces, como tortas artesanales, tés y cafés gourmet. La mayoría abrió en los últimos cinco años y el lugar se convirtió en un nuevo polo gastronómico de la Ciudad.

Los comerciantes anticipan que, próximamente, los dueños del reconocido Sucre apostarán a la avenida para su primera sucursal (estará al 2100). Y al mismo tiempo, el fenómeno se irradia hacia Luis María Campos, que empieza a funcionar como un corredor conectado con La Imprenta y Las Cañitas. Por ejemplo, en dos restaurantes que llegaron en los últimos meses: Doppio Zero, en Soldado de la Independencia al 1200, y Morriña, en Olleros y Luis María Campos. En total, la zona nuclea 28 negocios, que en su mayoría se instalan en viejas casonas.

Tal vez la proximidad del local de Maru Botana, que está en 11 de Septiembre 982, haya tenido que ver. “En los últimos cinco años se pusieron de moda las confiterías para charlar, tomar té o café, o almorzar.
Todo está en tres cuadras . Hay para elegir y todos los locales están llenos”, confirma Manuel Mel, de la inmobiliaria Raúl Mel, que vio crecer la zona. “ Lacroze cambia mucho a partir de Cabildo –explica–. Es más vistosa y tiene edificios residenciales con gente a la que hay que abastecer. Y es el punto de encuentro de las madres que van a buscar a los chicos a los colegios de la zona”.

Una de las pioneras fue la cafetería Dolcetto, en Federico Lacroze 2117, especializada en pastelería artesanal, y que abrió en 2001 . “En esa época, en Federico Lacroze entre Cabildo y Libertador había cuatro negocios gastronómicos ”, cuenta Juan Manuel Angio, su dueño. Y revela: “El público local generalmente va a las franquicias, así que la mayoría de nuestros clientes son personas que trabajan en el área. Por eso hay más movida de gastronomía diurna”.

Con exhibidores que atraen con brownies rebosantes de dulce de leche y merengue italiano o relucientes cheesecakes, desde 2007 Ianes apostó por la tradición del té. “Cuando abrí el negocio, casi no había locales para tomar el té –recuerda su dueña, Magalí Malatialian–. Como ésta es una zona residencial, pensé que nuestra propuesta de pastelería podía funcionar. Y la respuesta fue positiva. Siempre vienen los mismos clientes, pero a partir de que empezó a haber más lugares para elegir también llega gente que viene a tomar el té en la zona”.

Estos pequeños cafés conviven con Tea Connection, que desembarcó hace tres meses en Federico Lacroze 2233. O con la megacadena Starbucks, que tiene un local en Federico Lacroze y 3 de Febrero.
A una cuadra, desde diciembre de 2009, se abre paso otra cafetería y pastelería que apunta a los vecinos del barrio a fuerza de cheesecakes y chocotortas: Central Cook. Su dueña, Julieta Comissoli, cuenta: “En esta esquina había una casa vieja donde funcionaba la confitería Le Bonheur. Pero cerró y estuvo vacía tres años. Cuando empezamos, en diciembre de 2009, había poco en la zona. Ahora creció mucho. El problema es que hay más de lo mismo: todas son confiterías”.

Los dueños de La Tartana entendieron la falta de variedad y abrieron un local de comida saludable en Federico Lacroze 2230. “La zona nos interesó porque tiene oficinas y colegios –señala Mirna Silva, una de las socias–. Ofrecemos comida preparada por nutricionistas para celíacos, diabéticos e hipertensos y baja en calorías”.

Otra opción es la de Cuatro Quesos (en Lacroze 2344), una suerte de almacén gourmet. O la de Chocolates Tikal. De a poco, los restaurantes crecen. Desde hace años resiste Los Chinos, al 2100. Y en la esquina de 11 de septiembre está Calcio. También hay pizzerías, como Pizza Bum o Forrest Gump, ambas al 2300.

jueves, 21 de abril de 2011

El habla de los porteños: copado chamuyo autóctono

El lenguaje es un hijo mutante de su época. La Babel porteña amasa su decir con vocablos nacidos por grupos de edad, por origen, por oficio, por sector social. El tiempo los olvida o los convierte en patrimonio común.



Recordaba aquellas ho­ras de garufa cuando minga de laburo se pa­saba, meta punguia, al codillo escolaseaba y en los burros se ligaba un metejón; cuando no era tan junao por los tiras, la lan­ceaba sin tener el manyamiento, una mina le solfeaba todo el vento y jugó con su pasión." Es un frag­mento de tango "El ciruja", que Er­nesto de la Cruz y Francisco Alfre­do Marino compusieron en 1926. La canción es uno de los ejemplos más acabados del lunfardo en el género, con más de 30 voces en toda la obra.

Luego llegó el lirismo de Ho­mero Manzi, Enrique Santos Dis­cépolo y Cátulo Castillo. Pero esos términos daban cuenta del habla de los porteños; de esos tipos que -nunca más cabal la expresión- descendían de los barcos y llega­ban a una ciudad en plena ebulli­ción. Ahora, cuando el siglo XXIestá haciendo sus primeros palo­tes, ¿cómo cambió la forma en la que hablamos los habitantes de esta urbe? ¿Qué influencia tienen Twitter, Facebook, los mensajes de texto y otras tecnologías en la economía del lenguaje? ¿Aca­so aquellos grupos de malevos no pueden con justicia considerar­se una "tribu urbana" de aque­llos años?

Periodista y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, Marcelo Héctor Oliveri cree ne­cesario definir qué es el lunfardo. "Es un conjunto de palabras que utilizamos los hablantes riopla­tenses, en oposición a los térmi­nos establecidos. Hay gente que piensa que el lunfardo es hablar al revés o un lenguaje tanguero, de marginales y carcelario. Y tie­ne una relación con la inmigra­ción, con los términos que traje­ron nuestros abuelos y bisabuelos desde Italia, España, Turquía y muchos otros países. Además, cada lugar tiene su regionalismo. En Buenos Aires, si alguien pide que le traigan el changuito, segu­ramente esa persona quiere ir al supermercado. En Jujuy, llamarán al pibe."

Oliveri hace una suerte de seguimiento personal de neolo­gismos en diarios y revistas. "Los viernes, compro el suplemento joven de Clarín. Ahí aparecen pa­labras que son tan lejanas para nosotros como el chino, pero al tiempo saltan a otras seccio­nes del diario y a los pocos me­ses la está usando Macri", ilus­tra. Cuenta que hace unos años leyó en una nota que un can­tante tenía que "bajar un cam­bio" y dejar las adicciones. Lue­go, el jefe del gobierno porteño la usaba para despotricar contra un opositor.

Petitero (habitués de los petit café), caquero (engreído), cheto y ¡qué plato! son expresiones que despertarían risas y acusaciones de antiguo o pasado de moda en quien las utilice. En cambio, esta­ría muy bien verse una peli el fin­de, si esa chabona que tanto me gusta no se ortiba, se copa y me da cabida.
"No me asusta que se creen todo el tiempo nuevas palabras porque el lenguaje es algo muy dinámico. Sí me preocupa que los chicos usen sólo entre 20 y 30 palabras, que el ‘nada' sea una de las tantas muletillas que desnudan falta de recursos para decir cosas. Sólo usan las pala­bras que escuchan y las repiten todo el tiempo. No leen, y eso sí es grave. Homero Manzi comen­zó a componer canciones a los nueve años. Hoy no hay muchos chicos de esa edad que tengan esas cosas para decir", analiza Olivieri.

Director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Fi­lológicas de la Academia Argen­tina de Letras, Francisco Petrecca da un ejemplo muy cotidiano para graficar la forma de hablar de los porteños. "Cuando vivís en un barrio y te armás una rutina, to­más a lo sumo tres o cuatro líneas de colectivo. Y si te mudás, sumás otras tantas, pero no mucho más. Es una cuestión de como­didad. Hoy en día hablamos con muchísimas muletillas por pereza, por desconocimiento de otras vo­ces y porque es fácil. Es una fa­lencia que viene desde la escuela, una institución que muchas veces se plantea que lo bueno es no ha­cer nada novedoso y repetir lo ya dicho", critica.

Petrecca cree que, final­mente, es un tema de una libertad lingüística que no estamos ejerciendo. "Tene­mos la capacidad para ex­presarnos en diferentes registros del habla, con las múltiples posi­bilidades que nuestro idioma per­mite. Sin embargo, hoy todo es boludo y boluda. No me moles­ta la palabra; me molesta que se pierdan precisiones." Hay formas múltiples de llamar a un amigo y también de decirle que, en nues­tra opinión, es medio tonto.

Oscar Conde, licenciado en Letras, docente, ensayista y poe­ta, cree que los medios juegan un papel fundamental en la for­mación de neologismos. Y saca a relucir su lista de "palabras te­máticas".
"La revista dislocada comen­zó a usar la voz gorila; Niní Mars­hall dijo aquello de tarúpido por estúpido y Telecómicos, en los 70, acuñó el inoxidable pendor­cho. Más recientemente, algunas palabras aparecieron desde el programa de Tinelli, como con­chero o botineras. Pero hay un fenómeno que no ocurría antes: el uso se extiende rápidamente -quizás en menos de una sema­na- hacia el interior del país; la forma de hablar de Buenos Aires es una suerte de modelo que to­man, por ejemplo, en Salta o Ju­juy. Muchos puristas creen que el lenguaje del chat o el Twitter cambiará la forma de hablar. No lo creo. Un adolescente le escri­be a su novia por mensaje tkm, pero estoy seguro de que cuan­do la ve le dice te quiero mucho. Sí es preocupante la falta de vo­cabulario y que esas formas de escritura lleguen a la escuela. El chico debe poder diferenciar los dos registros."

Oliveri, de la Academia del Lunfardo, busca ser conciliador. Dice que a la fuerza tenemos que cambiar el habla por­que, caso contrario, que­damos afuera de las char­las. "Hace 20 años, no existía el chat, ni el e-mail y el mouse era el ratoncito de Disney. Ésta es el habla actual de Buenos Aires, nos guste o no. Algunas de estas nuevas pa­labras perdurarán y otras no. El lunfardo tiene muchas que aún tienen vigencia", dice. Mientras Marcelo habla, afuera de la Aca­demia, una mina y un chabón hacen cola en un local. Están buscando laburo. Andarán mal y sin vento.

Enrique Durán Redacción Z

La Boca: nieblas del Riachuelo

El viejo transbordador, los botecitos que aún llevan a la isla Maciel, las tiendas de ropa de trabajo, los conventillos: un territorio de la clase obrera.


Ya no hay carros que pretendan trepar al transbordador para cruzar hacia la isla Maciel. Los yuyos siguen carcomiendo el viejo puente de hierro inaugurado en 1913, y no hay señales de que vayan a reparar­lo a corto plazo. El sol de mediodía rasgu­ña a los pasajeros que esperan el colectivo. nodo de transportes ubicado en el cru­ce sinuoso de las avenidas Pedro de Men­doza y Almirante Brown, en La Boca, es ca­becera de la línea 152, a Olivos, y de la 46, a San Justo. Los tres puntos cardinales y, más allá, la salida al Río de la Plata. Un par de turistas desorientados se preguntan si pueden seguir tomando fotos allí donde el paisaje cambia. Hay colores, pero no tan­to. La zona comienza a tomar en este pun­to su verdadero sabor a barriada industrial deconstruida. Las marcas están a la vista: cintas continuas, los puentes que transpor­taron durante décadas a miles de obreros desde y hacia Avellaneda, y la descascarada tienda de ropa de trabajo. Rústicas Ombú y Pampero mezcladas con camisetas de Boca y de River, para el turismo. Cien metros más adentro, por Brown, el almacén naval y los piringundines. Sí, de los de antes. La parri­lla con Wi-Fi y a una cuadra, el taller de mo­tores transformado en bodegón.

Al pie del transbordador, el embarca­dero fluvial es testigo de todas las épocas. Los botes colectivos transportan a los pasajeros a la Isla Maciel. Un mi­nuto de viaje, un peso. No es ne­cesario llevar mo­nedas. Los botes funcionan entre las 6 y las 22. Exis­ten otras opciones para cruzar hacia la orilla de enfrente. En 2010, Vialidad Nacio­nal restauró a nuevo las escaleras mecáni­cas de acceso al puente Nicolás Avellane­da, inaugurado por el presidente Roberto Ortiz setenta años atrás. Agregaron ascen­sor para cuatro personas y pasarelas cerra­das con vista panorámica a toda La Boca. El paseo peatonal demanda diez minutos y el acceso es gratuito. Esta alternativa restó pasajeros a los botes. La otra posibilidad es cruzar en colectivo, algo más cómodo si se quiere saltear la isla Maciel y llegar directa­mente a Dock Sud. Las líneas indicadas son la 33 y la 159, más conocida como El Blan­quito. Del otro lado, en el Doque, hay una zona comercial muy activa y los frentes de chapa de los conventillos aparecen unifor­memente plateados. La orilla vecina desafía el colorido boquense.

Toda la zona de la Ribera sufrió una completa transformación en 1997, cuan­do se construyó la nueva rambla elevada poco más de un metro, que oculta el sis­tema de bombas de desagote. Desde en­tonces las inundaciones son un recuerdo, aunque para nada borroso. Los vecinos no olvidan la postal del remolcador que, arras­trado por la sudestada, fue a hacer compañía por mucho tiempo a los autos esta­cionados en la calle Necochea. La rambla arrancó la melancolía del paseo a pie sobre los adoquines, bordeando el agua. Y la fe­roz vuelta que acostumbraba dar el colec­tivo 20, acelerador a fondo, casi adherido a la línea del Riachuelo. Choferes más gua­pos, aquéllos.

Para sellar la tradición barrial, junto al viejo transbordador aparece el cuartel de bomberos. Destacamento La Boca de Bomberos de la Po­licía Federal lleva la batuta, junto al Cuartel IIIde Ba­rracas, a la hora de apagar incendios. ellos se suman los dos cuarteles de voluntarios, los rojos de Tomás Li­berti (Voluntarios de La Boca, fun­dado en 1889) y los verdeamarillos de Francisco Car­bonari (Voluntarios de la Vuelta de Rocha, 1935). Un viejo clásico de camisetas que se suspende en cuanto suenan las sirenas. Junto al pequeño destacamento de Brown y Pedro de Mendoza se realizan periódica­mente castraciones de perros y gatos a bajo costo, organizadas por proteccionistas. Po­cos barrios tan bicheros como La Boca.

A modo de final de recorrido, se invi­ta a ver dos películas argentinas que eligie­ron las inmediaciones del transbordador para rodar exteriores, previo a la construcción de la nueva rambla. Una de ellas es La Mary, dirigida en 1974 por Daniel Tina­yre. Ambientada en las décadas de 1930-1940, muestra el movimiento de camiones y chatas junto al puente Nicolás Avellane­da, sobre las calles empedradas de la orilla de enfrente. Y en la superproducción Gati­ca, dirigida por Leonardo Favio en 1993, la escena ambientada treinta años antes per­mite participar del cruce en bote hacia la Isla Maciel. Única ceremonia que el tiempo continúa celebrando.

DZ/km
Adriana Carrasco Redacción Z

con la música a otra parte

 El Teatro Colón y el Argentino de La Plata tienen historias, tamaños y ambiciones muy diferentes. Hasta hace poco a nadie se le hubiese ocurrido compararlos, sin embargo, hoy los melómanos porteños miran con atención lo que pasa en el coliseo provincial, manejado por los directivos que expulsó Macri del Colón.




A simple vista podría afirmarse que se trata de dos teatros que juegan en diferentes categorías. Por un lado el Teatro Colón, con toda su gloriosa historia y prestigio internacional. Por el otro, el Teatro Argentino de La Plata, un coliseo lírico provincial con un presupuesto mucho menor y ambiciones más modestas. Hasta hace algunos años a nadie se le hubiera ocurrido compararlos. Para el melómano de la capital no había más que el Colón. Pero las cosas parecen estar cambiando de un tiempo a esta parte: primero el cierre por reformas edilicias en el primer coliseo argentino, y luego los conflictos con los gremios, que llevaron a la cancelación de funciones, hicieron que el público musical de la ciudad de Buenos Aires observara con atención lo que ocurría en la ciudad de las diagonales. Además, según coinciden varios entendidos en el tema, en La Plata se están dando muchos aciertos de programación y gestión. A todo esto se agrega un hecho que le da un cariz especial a la comparación: quienes manejan hoy el Argentino de La Plata son los mismos que estaban a cargo del Colón al momento en que Mauricio Macri asumió la Jefatura de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. La dupla Marcelo Lombardero (director artístico) y Leandro Iglesias (administrador general) fue desplazada por la gestión de Macri, y al poco tiempo ambos se mudaron con todo su equipo a La Plata.

LAS COMPARACIONES ¿SON ODIOSAS?
“El hecho de que a alguien se le ocurra la comparación entre el Colón y el Argentino ya es un tema. Esa comparación hubiera sido impensable hace diez años”, dice el crítico musical y escritor Diego Fischerman. Y agrega: “En Buenos Aires hoy se mira con atención lo que se hace en La Plata, porque hoy el Colón no está funcionando. La reapertura del 25 de mayo de 2010 fue un show mediático, pero luego no lo pudieron hacer funcionar”. Fischerman se refiere al abrupto y anticipado cierre que tuvo la temporada 2010, como consecuencia de un conflicto que enfrentó a las autoridades del teatro con los gremios que representan a los trabajadores. Enfrentamiento que se profundizó en los primeros meses de este año, y que hace peligrar la realización de la temporada 2011. Y la comparación también surge en el tema salarial. Actualmente un músico del Argentino de La Plata gana casi el doble que un par suyo del Colón, aun cuando el empleado de la provincia de Buenos Aires tiene una menor carga horaria de trabajo.

Caras y Caretas intentó hablar del tema con las autoridades del Colón, pero desde la oficina de prensa del teatro se informó que ni su director, Pedro Pablo García Caffi, ni ningún otro funcionario harían declaraciones al respecto. Desde La Plata, en cambio, Marcelo Lombardero aceptó dialogar con esta revista, aunque fue cuidadoso a la hora de comparar la actual realidad de ambos teatros. “El Teatro Argentino no trabaja para competir con el Colón, no quiere ser la otra cara de la moneda. Nosotros en 2010 trabajamos para tener la mejor temporada dentro de nuestras posibilidades.” Lombardero cree que “un teatro como el Colón o el Argentino son armas de políticas culturales, y si hablamos de políticas culturales uno tiene una ideología y la gestión tiene que ver con esa ideología”.

Para Fischerman, precisamente las diferencias de lo que ocurre hoy en el Argentino y en el Colón tienen que ver en gran medida con la ideología que existe detrás de cada una de las gestiones: “Ya cuando Lombardero estuvo en el Colón hubo una apertura de fronteras y de géneros –dice– algo que había comenzado Sergio Renán, director del Colón entre 1989 y 1996”.

Por otro lado, el crítico cree que “la idea de Macri para el Colón, si saliera bien, porque el asunto es que sale mal, sería un teatro como el de 1940, con la diferencia de que en esa época las clases altas no tenían ninguna culpa ni eran vigiladas por la sociedad, y nadie cuestionaba que el Estado les pagara sus gustos”. Fischerman agrega que “García Caffi pensó el proyecto de un Colón con grandes figuras internacionales. Y esto lo logró en el terreno de los conciertos pero a altísimos precios, y habría que ver si esa es la función del Colón”. En una línea de pensamiento similar, Lombardero agrega que “el Teatro Colón tiene los oropeles, las luces, las grandes estrellas, pero también tiene gente durmiendo afuera en la calle, y esa realidad es la que circunda el teatro. Lo mismo me pasa a mí en el Argentino de La Plata. Yo tengo la responsabilidad de administrar un teatro público, con dineros del Estado, que piense en la sociedad que lo rodea. No pensar el teatro como una isla sino ver qué le devuelve el teatro a la sociedad que lo mantiene. Esta es una visión que va más allá de la programación artística”. Por eso para Lombardero la política del Argentino es privilegiar la producción propia y no la importada.

Las comparaciones son odiosas, dice el dicho popular. Pero el mundo musical en este caso está comparando, más allá de que esto sea o no del agrado de las autoridades de ambos teatros. Cada vez más los melómanos porteños saben que a 60 kilómetros de Buenos Aires se ofrecen espectáculos musicales de calidad y, llegado el caso, están dispuestos a recorrer esa distancia para disfrutar de una ópera, un concierto o una función de ballet.

Damián Autorino