viernes, 29 de abril de 2011

La bibliópolis oculta

En Buenos Aires, librerías consagradas a volúmenes antiguos o raros y libreros apasionados dan testimonio del amor que despierta el libro como objeto de colección.


Por Maximiliano Gregorio-Cernadas
Para LA NACION

La bibliópolis oculta

La bibliofilia, el amor por el libro como objeto de colección, tuvo su auge en Buenos Aires entre los siglos XIX y XX, merced al interés de una elite ilustrada que adquirió en Europa bibliotecas enteras y formó colecciones notables (Arata, Cárcano, Bunge, Gallardo, Llobet, Zorraquín Becú, Vogelius, Mayer). Muestra de ello son los 40.000 ejemplares reunidos por Jorge M. Furt, que se conservan en la estancia Los Talas, a unos 20 kilómetros de Luján. O los 60.000 títulos de la colección Quesada, hoy en Berlín. Un glorioso pasado que alcanzó su cenit a mediados del siglo XX.

Aquella "bibliópolis" de rango mundial (según Rubén Darío y Paul Groussac), famosa por sus escritores, editores, libreros y bibliófilos, mantiene su crédito como la plaza del libro antiguo más importante de Latinoamérica. Mario Vargas Llosa ha dicho que una de las razones por las que le gustaría vivir un tiempo en Buenos Aires son sus librerías. La Asociación de Libreros Anticuarios de la Argentina (Alada), fundada en los años 50, reúne a cincuenta libreros. Su presidente, Alberto Casares, afirma que la asociación, que desde 2004 organiza la Feria del Libro Antiguo de Buenos Aires -única en el continente y must de la agenda porteña-, vive su mejor momento.

Librerías, libreros y bibliófilos
Una minoría sofisticada de librerías anticuarias ofrece libros antiguos (previos a los siglos XVIII o XIX) y de lujo. La mayoría, en cambio, se ocupa de libros raros, agotados, de colección, decorativos o preciosos, que atraviesan cronologías. Luego están las librerías de viejo, ocasión o lance, con libros descatalogados o usados. En rigor, la mayoría cuenta con un poco de todo y se define por lo que predomina. A los libros se suele sumar una vasta iconografía antigua en soporte papel (mapas, fotos, documentos, etcétera).
Las temáticas comunes son argentinas e hispanoamericanas y las especiales, fotografía (Poema 20); correos, gráfica, tabú (El Faro del Fin del Mundo); alemán, latín (Henschel); franceses ilustrados (Víctor Aizenman, El Incunable); idiomas (Glyptodon); teatro (Ávila; La Teatral); derecho (Platero). El gusto del coleccionismo fue nacional y americanista (siglo XIX), europeizante (inicios del XX), nacional (XX) y desde el año 2000 parece inclinarse por las vanguardias literarias.

En los fascinantes locales de estos libreros se accede a otros tiempos y espacios: atmósferas londinenses (Antique, Poema 20, Casares), gabinetes nobles del siglo XVIII (Aizenman), escenografías históricas (Ávila, donde en 1785 funcionó la primera librería del país). Algunos locales se ubican en sótanos (El Incunable, Cueva Libros, Platero), trastiendas (Fernández Blanco, Glyptodon), departamentos (Henschel), edificios históricos (El Faro), galerías (Pampeana, Lord Byron, Mireya), hogares (Manos Artesanas; Del Plata) y laberintos (Huemul).

Los buenos libreros apuestan al vínculo personal con sus clientes ("No vendo a quien no veo", confiesa Llobet), asesorando, cuidando el trato y ofreciendo servicios como catalogar y reparar libros, permutar o canjearlos. Organizan lecturas con café y hasta "chocolates de los jueves" para atraer viudas. Al cabo, el librero es un bibliófilo al que le cuesta deshacerse de sus mejores libros. Sosa y Lara, de Lord Byron, define su oficio como "un ida y vuelta entre un cliente especializado y un librero que se nutre de ese conocimiento y lo devuelve".

"El librero es un psicólogo -explica Gustavo Breitfeld, que tiene ambos títulos- y esto es como un vicio, una droga, la adrenalina del buscador de tesoros. El psicoanálisis trata de descubrir en el inconsciente lo reprimido, mientras que en el libro busco lo que no me dice para ponerlo en valor."

Entre libreros y compradores, el médium es el catálogo, libro sobre libros, quintaesencia de la bibliofilia, motivo de coleccionismo y fuente de criterios para valorar un ejemplar. Esos criterios son múltiples: la proyección cultural de la obra, la edición (pirata, príncipe, revisada, rara, numerada); el estado del libro (lomo fatigado, tiros de polilla; los cantos desparejos revelan agregados y el olor a goma, restauraciones); la estética (encuadernación lujosa o firmada, medio marroquí o florones en el tejuelo, ilustraciones, papel, tipología); partes (hojas de respeto, guarda, pestaña); provenance y marginalia ; la demanda y existencia; si figura en bibliografías (Suárez, Palau).

"El que compra con pasión hace negocio", explica Breitfeld. Casares, por su parte, agrega que eso requiere "intuición, buen gusto, mirada abarcadora y rápida, olfato, sensualidad en la mano, paciencia y saber escuchar a dos grandes maestros: el libro que nos habla y el cliente que nos enseña su especialidad". No obstante, pese a tener tantas cosas en común, señala Ana María Lacueva, "jamás nos pondríamos de acuerdo sobre un precio".

El rematador que vendía libros antiguos entre vajillas y carruajes (Bullrich ha sido pionero en esto) cuenta hoy con especialistas en tasar y catalogar ejemplares únicos que subastan ante agentes de grandes coleccionistas locales (Porcel y Blaquier) y extranjeros.

La fama hosca de los libreros se desmiente con la cohesión de Alada. El prejuicio de métier masculino cede ante la abundancia de damas libreras como Elena Padin Olinik, de Helena de Buenos Aires, rematadoras (María Saráchaga), coleccionistas (Larguía), encuadernadoras y artistas de ex libris. Los bibliófilos, por su parte, revelan su espiritualidad (Navia define su pasión "como un pianissimo de Rubinstein") y sociabilidad. Un centenar se reúne en la prestigiosa Sociedad de Bibliófilos Argentinos (1928), explica Padorno, su vicepresidente. Renacen las tertulias, las donaciones en vida y la idea de que "los particulares prolongan la vida del libro antiguo mejor que una biblioteca, pues le dan más cariño y cuidado" (Aquilanti). A la leyenda de un duelo atávico entre codiciosos libreros y pícaros bibliófilos, Almeida responde: "Todos amamos los libros y estamos del mismo lado".

Artesanías y cuidados
Los restauradores y encuadernadores son los artistas del libro. Algunas librerías, por ejemplo Antique, tienen los propios (Carlos Guerrero), aunque la mayoría es independiente, como la multipremiada María Sol Rébora; Andrés Casares, que aprendió técnicas secretas de maestros franceses; o Graciela de la Guardia, dama de vasta cultura, formada en Japón y Francia, con lista de espera mundial y un taller encantador. La encuadernación puede ser una obra de arte, firmada y coleccionable, pero no siempre beneficiosa. Antes se estilaba encuadernar todo a la francesa (agregando tapas y guillotinando hojas), arruinando ediciones originales. Hoy se prefiere respetar lo que el libro trae, dejar primeras ediciones en rústica y en rama (sin abrir), y encuadernar lo previo al siglo XVIII con pergamino y rama abierta (borde desparejo), aunque, observa Aizenman,"hay cierto fetichismo en nunca encuadernar; la encuadernación puede alterar o jerarquizar el libro".

Un socio fiel del libro antiguo es el ex libris ("Este libro es de", en latín), viñeta con emblema y leyenda alusivas al coleccionista o su tema. La grabadora Eva Farji, interesada en sus alegorías, refiere su origen noble y heráldico, que se remonta al Renacimiento, y su etapa burguesa, profesional y artística, con el auge del libro y el diseño, a fines del siglo XIX. A principios del XX, los amigos de los ex libris comenzaron a reunirse. En nuestro país, María Magdalena Otamendi de Olaciregui (cuya colección se conserva en la Biblioteca Nacional) fundó la Asociación Argentina de Ex Libristas. El ex libris atrajo a artistas como Norah Borges y Pío Collivadino. Hoy tiene estupendos artistas (Grupo de Amigos del Ex Libris/Gadel, Luis Mc Garrell Gallo) que crean por encargo (¡Carlos Menem se hizo uno!) y fieles coleccionistas (Vast y Dellepianne Cálcena).

La fragilidad del libro exige recaudos. Contra el polvo aconsejan leerlo (se airea solo), guardarlo en bibliotecas Thompson o cajas, y para curarlo de plagas (dermétidos, xilófagos o "taladros" y gorgojos), envolverlo con celofán en el freezer o agregarle cantos dorados que ahuyentan insectos además de adornar. Conviene cuidarlo de la humedad, sol, calor, animales y fumadores, exhibirlo y catalogarlo desde los 3000 ejemplares, cuando falla la memoria y se puede soñar con dar nombre a la colección.

El futuro de los libros del pasado
El libro antiguo circula entre decesos, divorcios, viajes, apremios, donaciones, estancias, porteros asociados a libreros o cartoneros que los liquidan como papel. "Se tiran millones", dice López Medus. "Veinticinco años después de haber prestado un libro, lo reencontré en una librería de usados", cuenta Vega Andersen.
El futuro del libro antiguo reniega de sus clichés. Si bien cierran librerías (L'Amateur), son más las que abren (La Teatral, El Vellocino de Oro, Gotcha's Books, Los Siete Pilares), en un proceso de renovación generacional, cambio de perfil profesional y sofisticación de la plaza, con jóvenes libreros y perspectivas modernas (Sirinian, Breitfeld, Koch, Aquilanti, Lüchter Bunge). Cada vez más especializados y menos diletantes, parece no obstante inmortal la imagen del librero bohemio, "devoto del libro como fenómeno en la vida del hombre y del sentido misional de una librería", acota Llobet.

De a poco, el libro antiguo vuelve a interesar a la dirigencia, se reconoce su aporte al acervo cultural y su falso elitismo. "Un ejemplar interesante cuesta igual que un par de zapatillas", afirma Fullone, de la Librería Del Plata. Basta escoger un buen tema, dejarse asesorar y adquirir poco y bueno.

Los stocks libreros (el mayor es el de Fernández Blanco, con más de 200.000 ejemplares), los tesoros públicos y las colecciones privadas demuestran que queda mucho en Buenos Aires. Los extranjeros no se han llevado todo; los libros tienen su destino (dijo el poeta Horacio), que es circular, yendo y viniendo del exterior, pues también los argentinos adquieren afuera. Un mundo integrado -dicen- promueve este circuito del cual nuestra ciudad forma parte vendiendo, comprando, visitando ferias, actualizándose e integrando organizaciones internacionales, como Breitfeld, Aizenman y García Cambeiro.

También los remates, Internet y el Estado expanden el sistema: la Biblioteca Nacional adquiere y cuida donaciones, el Gobierno porteño promueve librerías de valor patrimonial, la Feria del Libro Antiguo y, este año, las actividades derivadas del nombramiento de Buenos Aires como Capital Mundial del Libro (Unesco).

Pero ¿qué explica el placer del bibliófilo ante el vértigo de saber que no bastará su vida para leer lo que posee? Acaso lo mismo que aqueja a todos los hombres: la conciencia de la finitud y el anhelo de asirse a un objeto que supere el tiempo, pues los hombres pasan, los libros quedan y en esa inmortalidad radica, según Llobet, "la fuerza invencible del libro antiguo".

Si los libros, como afirma Whipple, son "faros erigidos en el vasto mar del tiempo", Buenos Aires es una costa resplandeciente para cualquier náufrago existencial.

EXQUISITOS, EFICACES Y LEGENDARIOS
Casi tan variados como los volúmenes que se agolpan en sus estanterías son los perfiles de los libreros. Los hay exquisitos (Aizenman, Diran Sirinian), eficaces (Lacueva, Casares, los Breitfeld), conversadores (López Medus, Miguel Ávila), tradicionales (Mireya Pardo, Rodolfo Luchter Bunge, Lucio Aquilanti). No faltan ni el apostólico (Jorge Llobet), ni el legendario (Antonio Rago), ni el detectivesco (Roberto Di Giorgio), ni el cordial (Raúl Almeida), ni el sistemático (Vega Andersen). Pero, en cualquier caso, como señala Alberto Casares, "el ideal reúne cualidades de bibliófilo (colecciona), bibliotecario (cataloga), estudioso (trabaja el material) y comerciante (compra y vende)"

BUSCADORES DE PERLAS
Entre "el refinado sensualismo intelectual y las múltiples emociones que proporcionan al espíritu las andanzas en pos de los libros" (Buonocore), circulan compradores por metro (decoran bibliotecas y lámparas), deportistas (pescan ocasiones), fetichistas (los dejan intonsos), profanos (buscan " El principito de Maquiavelo"), estetas (gozan con el tacto del pergamino y el perfume del cuero), excéntricos (adquieren ejemplares del mismo título para cada hijo), desesperados (esconden lo que no pueden adquirir) y bibliófilos consumados, como Eduardo Sadous, que, cual cazadores, relatan sus hazañas, muestran sus trofeos y sueñan con la suerte de quien en 1910 adquirió una Biblia de Gutenberg por 80 pesos en Lavalle y la vendió por una fortuna al Museo Británico.

BIBLIOFILOS Y FAMILIAS
La bibliofilia es una manía menor que, sin recaudos, puede conducir a perversiones como el fetichismo, la cleptomanía y la bibliopatía, y convertirse en "agente de mortificación familiar", dice Guillermo Gasió. Están quienes comprometen las finanzas (ocultan sus compras o se privan de comer), el espacio (algunos requieren departamentos enteros para sus bibliotecas), la higiene del hogar o la atención de las señoras. Circulan anécdotas escalofriantes sobre vengativas viudas que venden bibliotecas "con los pétalos de las flores del velorio todavía en el piso" y "falsas viudas" que liquidan libros de un supuesto "difunto" infiel. "El libro es la peor amante pues junta tierra y bichos, es caro, ocupa lugar y roba el tiempo de los maridos", concluye Ávila.

DIRECCIONES DE LIBRERIAS ANTICUARIAS

Víctor Aizenman
Las Heras 2153 PB "A"

The Antique Book Shop:
Libertad 1236

Alberto Casares:
Suipacha 521

Librería Fernández Blanco:
Tucumán 712

Poema 20:
Esmeralda 869

El Incunable:
Montevideo 1519

Librería Platero:
Talcahuano 485

El Faro del Fin del Mundo:
Galería Libertad, Libertad 1240

La Librería de Avila:
Alsina 500

Librería-Editorial Histórica Emilio J. Perrot:
Azcuénaga 1846

Manos Artesanas:
Uruguay 1368

El Glyptodón:
Ayacucho 734

Librería del Plata:
Guido 1927 PB "A"

Henschel:
Reconquista 533 1° "C"

Pampeana y Lord Byron:
Galería Las Victorias, Libertad 948

Mireya y otras librerías:
Galería Buenos Aires, Florida 835

Huemul:
Avenida Santa Fe 2237

Tupy:
Paraguay 1268

Graciela de la Guardia
(restauradora y encuadernadora):
Montevideo 1621 PB "A"

Grupo de Artistas de Ex Libris:
http://www.gadelargentina.blogspot.com/

jueves, 28 de abril de 2011

De las Artes

Parecen centros culturales, clubes de barrio con actividades múltiples o un moderno restó. Y son todo eso junto: bares y restaurantes con una carta de platos y bebidas tan completa como su agenda de cursos, talleres y ciclos de cine y teatro. Un hallazgo. Una tendencia.


El camarín de las musas
Un salón cool y un plan de actividades súper completo, que incluye cursos de comedia musical.
Viernes, siete de la tarde. Una pareja disfruta de un café con tortas mientras mira un folleto para saber qué película proyectarán en el ciclo de cine. Al lado, cuatro chicas se saludan apuradas, porque llegan tarde a la clase de danza contemporánea. Casi al mismo tiempo termina el taller literario y un grupo de hombres y mujeres se queda a conversar después de clase. Piden un vino, conversan y deciden qué obra de teatro van a ver después de cenar.
 
Escenas como estas se pueden ver a diario en El Camarín de las Musas, Tadrón y Antesala, tres bares-restaurantes diferentes pero con algo en común… Los tres son más que bares y restaurantes y coinciden en su original propuesta: en un mismo espacio ofrecen almorzar o cenar y además realizar varias actividades culturales: talleres, cursos, ciclos de cine y de teatro. Todo en un ambiente que mezcla el estilo de un club de barrio con el espíritu de un centro cultural y el de un moderno restó.
 
Tadrón. "Abrimos en 1996 como centro cultural, pero en 2002 decidimos ampliarnos y abrir un bar-restaurante. La respuesta de la gente fue muy buena. Notamos que las actividades de la sala se potencian mucho con la confitería", comenta Tro Jensezian, encargado del lugar. Ambientado con un estilo oriental, este "teatro-bar-taller-arte", tal como lo definen sus dueños, tiene una variada oferta cultural y una propuesta gastronómica basada en la cocina armenia. Una de sus especialidades es la picada oriental con pasta de berenjenas, garbanzos, morrones con nueces y yogur colado con menta seca ($ 15). Los martes y viernes hay especialistas que leen la borra del café. En el lugar se dan clases de actuación y de danza árabe, se proyectan y analizan cortometrajes y se presenta el unipersonal Ararat y yo. También se dictan cursos de fileteado porteño, de italiano para principiantes, de dibujo y pintura decorativa. Abre de martes a domingos a partir de las 14. En Niceto Vega 4802, Cap. Tel.: 4777-7 976.
 
Un nuevo lugar en Palermo, para comer "cosas ricas" y con una variada agenda de obras teatrales.
 
 
Antesala. Abrió hace sólo tres meses y ya se convirtió en una de las alternativas para quienes buscan un paseo diferente en Palermo. Ofrece una carta de platos que se caracteriza por su sencillez y calidad en el marco de una deco que combina elementos modernos con algunos toques clásicos. El brownie de dulce de leche y frutos rojos ($ 8) y el trago Calegian con canela, leche condensada, gin y ananá ($ 12) son muy recomendables. "Antesala apunta a un concepto integrado. Queremos que en un mismo ambiente la gente pueda comer algo rico y tenga algo interesante para ver", comenta Tomás Constantini, uno de sus dueños. En el lugar se pueden tomar clases de danza contemporánea, hay taller literario, ciclos de cine y un curso de meditación inspirado en Osho, además, María Soccas, Georgina Barbarrosa y José Luis Alfonso dictan clases de teatro. Los viernes, sábados y domingos se presentan dos obras de teatro: Copias, con Villanueva Cosse y Mariano Torre, y Pareja Abierta, co n Alejandra Copa y Juan Bianchi, dirigida por Oscar Ferrigno (hay descuentos para jubilados y estudiantes). Costa Rica 4968, Cap. Tel.: 4833-4200.
 
  Un "teatro-bar-taller-arte", según lo definen sus dueños, sobre la mesa ofrece buena cocina armenia.  
 
 
El camarín de las musas. Es uno de los lugares con una de las mayores ofertas culturales de la ciudad. Tiene casi dos mil metros cuadrados y está abierto todos los días desde las 9 de la mañana hasta las doce de la noche. Hay cursos para todos los gustos: clases de comedia musical, de teatro para mayores, de yoga para embarazadas y hasta Pilates. Hay diez tipos de danza diferentes para aprender entre las que se destacan la contemporánea, de improvisación, jazz, afro y griega, entre otras. Los viernes, sábados y domingos se presentan ocho obras de teatro independiente. También hay exposiciones de arte y talleres de psicoanálisis. "Es un lugar de reunión artístico, pensado para la gente que quiere algo más cuando sale a tomar algo, -explica Emilio Gutiérrez, dueño del lugar-. El fenómeno que se produce es increíble, porque cada una de las actividades potencia al resto. Los que vienen a comer se interesan por los cursos, los que salen del teatro se quedan a comer. Es un acercamien to al arte muy económico". En Mario Bravo 960, Cap. Tel.: 4862-0655.

El extraño mundo de Campanópolis

A sólo 30 minutos de la Capital, se erige como una ciudad soñada, proyectada y construida por un hombre llamado Antonio Campana. Levantada en los ’70 sobre un antiguo basural y realizada íntegramente con materiales antiguos y reciclados, llama la atención tanto por todo lo que se ve como por lo que todavía no se sabe de ella.

Un sueño...
Campanópolis ocupa 200 hectáreas. El nombre se lo dio el historiador Alfonso Corso, profesor de la Universidad de La Matanza. Campana, por el apellido de su creador, y polis, “ciudad” en griego.
Las edificaciones impactan a lo lejos, y el entorno no es menos impactante. Plazas, fuentes, lagos, ríos y flores que crean un ambiente de cuento. Las callejuelas empedradas guían a través de diferentes recovecos y escenarios que parecen vistos en un cuadro. Todo en Campanópolis fue confeccionado a la medida de la imaginación, la creatividad y el esfuerzo de Antonio Campana, quien un día decidió crear esta extraña y enigmática ciudad de 200 hectáreas y sin habitantes, ubicada a 31 kilómetros de la Capital, en la ruta 3 kilómetro 31, González Catán, La Matanza. 

Su historia comenzó en 1977 cuando Campana, empresario del sector comestible, compró el terreno. Lo primero que hizo fue obras de limpieza, relleno y mejoras en las cavas de una antigua tosquera que alguna vez se había usado como hornos de ladrillo. Pero, durante los seis años siguientes y hasta 1985, el CEAMSE (Coordinación Ecológica Area Metropolitana Sociedad del Estado) le expropió las tierras para utilizarlas como depósito de basura. Una vez que recuperó el terreno comenzó con su proyecto de construir “una aldea mágica” para crear una obra de arte de enorme tamaño.“En ese momento le encontraron a mi papá un tumor en la amígdala, pero salió todo bien y pudo continuar con el trabajo”, recuerda sumando algo más a la leyenda Oscar Campana (33), actualmente encargado del lugar, tomando la posta de Antonio, quien a los 77 años está sujeto a las condiciones que le permite un tratamiento intensivo contra la diabetes.


En el Museo de las Rejas hay rejas de hierro forjado, arañas colgantes, objetos antiguos y piezas de colección, cuyos orígenes datan del siglo XIX y principios del XX.

Una de las edificaciones mas bonitas del lugar
  
                                                              
Sin ser arquitecto y sin planos de por medio, Antonio empezó a levantar la ciudad como parte de un juego. ¿Por qué? “Ni él lo sabe –responde Oscar–. Creo que decidió volcar una obra de arte a tamaño gigante, y lo hizo movido por las ganas de no quedarse quieto frente a su enfermedad. Para él venir acá era como una descarga, se pasaba 14 horas por día trabajando”. Y aquellas cosas que para los otros resultaban inservibles, fueron claves para que él alcanzara su sueño. Antonio fue obteniendo todo tipo de elementos de desecho, los recicló y los reutilizó para construir su mundo aparte. Tras armar con cemento las vigas, empezó a levantar paredes con piedras que conseguía de la calle, hizo techos con puertas, pisos con tejas, o cumbreras de casas con patas de bancos de escuelas. “Mi viejo podía comprar desde 20 arañas usadas sin caireles hasta pedazos de balcones en una demolición. Fue haciendo un estilo ecléctico sin darse cuenta”, intenta explicar Oscar.

Como si le faltara algún componente mágico, esta ciudad esconde un pasado histórico. Según algunos historiadores, en la confluencia del arroyo Morales con el Río Matanza –precisamente donde nace Campanópolis– se realizó uno de los principales desembarcos de Pedro de Mendoza. Es allí mismo donde hoy se encuentra una reserva ecológica de 150 hectáreas con flora y fauna selvática que asombra. Como otro dato histórico, se apunta que es muy probable que los campos hayan sido parte de una propiedad de Juan Manuel de Rosas.

En Campanópolis se llevan a cabo diversas actividades: cumpleaños, casamientos (hay una capilla) y fiestas varias, además de excursiones programadas, y la riqueza de sus escenarios resulta una tentación para producciones de moda, comerciales y películas. En algún momento aquí fueron registradas las aperturas de Chiquititas y del programa de Susana Giménez. Pero a sus anfitriones no les gusta demasiado la sobreexposición de su aldea. “Hasta acá la gente llega por el boca a boca o por recomendaciones de gente amiga”, comenta Oscar, a quien resulta imposible sacarle un nombre de todas las “personas famosas del ambiente de la televisión, la música, el cine, el teatro y hasta de la política que se han dado una vuelta para conocer el lugar, o simplemente que vienen a sentarse a tomar un mate bajo un árbol”.

De la misma forma –y casi como para terminar de cerrar el círculo de misterio que engloba el lugar– él pide no ser parte de ninguna de las fotografías de este artículo, enfatizando su deseo de que se destaque sólo la obra de su padre. Para compensar tanto secreto, suelta una anécdota. “Hace unos años pasó (Eduardo) Duhalde con su helicóptero y bajó a ver de qué se trataba esto, y le gustó mucho –recuerda Oscar–. Hace poco pasó uno y no lo dejamos bajar... Al rato nos enteramos de que era el gobernador Felipe Solá. No lo podíamos creer”.
Campanópolis no está abierto al público. “Por el momento preferimos que sea a través de eventos organizados”, indica Oscar, quien también esgrime razones de acceso al lugar. O, mejor dicho, de inaccesibilidad. “Nuestra idea es poder abrir una calle para unir a La Matanza con Ezeiza en un trayecto más corto. Posiblemente para más adelante contratemos alguna empresa para explotarla turísticamente”.
 
Para contactarse: http://www.campanopolis.com/.

Tigre cultural

El Tigre ha sido desde siempre el lugar ideal para hacerse una escapada de fin de semana. Pero, a esta ya tradicional oferta, se le suma una nueva movida: en los últimos meses dos nuevos museos abrieron sus puertas. Se trata del Museo de Arte en el Delta Argentino (MADA) y el Museo de Arte de Tigre (MAT).

El palacio del MAT de 1910, cuando el Tigre Club era uno de los centros sociales más destacados del país.
Quién no ha tenido oportunidad de ir al Mercado de Frutos, un sitio ideal para conseguir muebles de pino, mimbre, artesanías, plantas y frutas, tan clásicos como un paseo en lancha por el Delta. En este verdadero oasis, ubicado a 30 kilómetros de la Capital, las atracciones no sólo están al aire libre. Con la apertura del Museo de Arte en el Delta Argentino (MADA) y el Museo de Arte de Tigre (MAT), la zona renovó su capacidad de convocatoria.

Arte domestico. El MADA es, sin dudas, un museo distinto en todos sus aspectos. Creado por el artista y arquitecto Miguel Alfredo D’Arienzo, está ubicado en la localidad de Tigre, a orillas del río Luján. Para acceder, hay que embarcar en una lancha y recorrer un tramo que no lleva más de cinco minutos. El lugar está integrado por la vivienda del artista y tres módulos “naves” de hierro y chapa, conectados entre sí por puentes y rampas, en los que se aprecian instalaciones, telones y pinturas del artista. El recorrido comienza desde el muelle hasta la vivienda principal. En el jardín que la rodea se aprecian esculturas que anticipan el uso de materiales reciclables y objetos ensamblados, como maderas, troncos y hierros. La vivienda está incorporada a la visita: allí se observan las pinturas de gran formato y los telones del artista, junto con las instalaciones integradas al ámbito de la vida doméstica. “La idea fue tomar una vivienda típica del tigre y hacerla un museo para mostrar mis obras dentro de un ámbito doméstico. Este es el único museo de pinturas dentro del área de las islas. Mi expectativa es que se genere un circuito turístico en el lugar y se vayan creando otros espacios de arte”, cuenta D’Arienzo desde el comedor de su casa, adornado, por supuesto, por cuadros suyos. Más allá, en otro cuarto, funciona su oficina. Allí se exhiben trabajos ya expuestos en el Centro Cultural Recoleta y en el Palais de Glace. Yendo al museo propiamente dicho, está la Nave 1, que constituye la Sala de Exposición Permanente con la instalación de Los Cartonautas, una obra –hecha toda de cartón– con una fuerte influencia de los primeros cartoneros que aparecieron luego de la crisis de 2001. La Nave 2, la Sala de Arte Infantil, exhibe pinturas de mediano formato del autor. En un galpón, se encuentra otra obra de alto contenido social. “Se va a llamar La manifestación Náutica”, adelanta D’Arienzo, quien se inspiró en las continuas reuniones que tienen los isleros para promover la no contaminación del río. Una rampa conduce a la casa de huéspedes, donde se exhiben obras de pequeño formato del dueño de casa y de otros colegas. Algo que llama la atención del MADA es el colorido conjunto arquitectónico enmarcado por barcos, astilleros y guarderías náuticas. Los barcos cargueros, petroleros y areneros, anclados frente al lugar, son parte de un paisaje que se confunde con los colores y las texturas del museo. “La idea es que estos barcos jueguen con los colores de la casa, que está hecha con elementos de arquitectura industrial”, cuenta D’Arienzo. Uno de los principales objetivos del artista es darle la oportunidad a los más chicos para que se relacionen con el arte. Por eso invita a niños, jóvenes y docentes de instituciones educativas a participar de esta experiencia de arte y naturaleza.

UN PALACIO DE ARTE FIGURATIVO. Esplendor, belleza, buen gusto y organización. Estas son sólo algunas de las cualidades que presenta el MAT, a orillas del Río Luján. Cuenta con casi ciento sesenta obras que recorren el arte figurativo, desde Carlos Pellegrini, Juan León Pallière o Johan Moritz Rugendas, a contemporáneos como Guillermo Roux o Carlos Alonso. La colección completa, valuada en 2 millones de dólares, se divide en siete salas temáticas, cada una identificada con un color diferente. El propio edificio, de 2 mil metros cuadrados, cercado por un cuidado y extenso parque, tiene una rica historia que se remonta al año 1910, cuando funcionaba allí el Tigre Club, uno de los centros sociales y recreativos más destacados del país, frecuentado por grandes personajes de la aristocracia local, quienes hacían remo, practicaban squash o simplemente tomaban el té en el verano. En 1927, el edificio se transformó en un casino que funcionó hasta fines de 1930. Luego se cerró por una ordenanza de la ciudad de Buenos Aires, pasó por una gran cantidad de manos hasta que, en 1979, se designó monumento arquitectónico. A mediados de la década del ‘90, se empezó con la construcción del museo con fondos municipales. Las obras de refacción, que insumieron unos 9 millones de pesos, comenzaron en 1995, aunque recién en 2004 se compró el primer cuadro, Veleros iluminados, de Quinquela Martín, por el que pagaron 76 mil dólares. “Este proyecto surgió hace nueve años, cuando el intendente de Tigre, Ricardo Ubieto, comenzó a trabajar con la recuperación y restauración del edificio. Está bien que esto no se haya transformado en un shopping, como suele pasar con estos edificios”, cuenta Mónica López Durso, directora del MAT. En algunos salones se ven grupos de jóvenes –la mayoría de ellos estudiantes de museología e historia del arte–, con sus uniformes verdes: son guías del museo y también mediadores. Setenta y seis personas que están disponibles para los visitantes. “Los mediadores están en reemplazo del típico guardia de sala que suele estar sentado, mascando chicle y leyendo el diario. Ellos, en cambio, están especializados en un sala y preparados para responder preguntas”, concluye la directora.

Homenajearon a Tato, el creador del humor político en televisión

28/04/11 Tato Bores hubiese cumplido ayer 86 años. Lo recordaron familiares y amigos.


El inolvidable Tato Bores hubiese cumplido ayer 86 años. Se murió hace una década y media pero su ausencia es sólo física. Su imagen, su humor inteligente y crítico, todavía flotan por la atmósfera argentina. Mauricio Rajmín Borensztein (Buenos Aires 1925-1996), tal su nombre verdadero, fue homenajeado una vez más ayer, con motivo del aniversario de su nacimiento, con el recuerdo de sus compañeros de trabajo y amigos más cercanos. Organizado por el Foro Judeo Argentino (FORJAR), el homenaje se llevó a cabo en la sede porteña de la Asociación Cristiana de Jóvenes, de la cual Borensztein era socio, aunque, como contó ayer el secretario de la entidad, Norberto Rodríguez, “la actividad física no era su fuerte”.

Ante la presencia de unas 60 personas, unidas por el recuerdo respetuoso y afectivo a este gran capo cómico, se proyectó un compilado de sketchs de varios momentos de su carrera, que hicieron reír y emocionar a los presentes, sobre todo uno, en que aparecía con el Negro Olmedo y Javier Portales. También estuvo su biógrafo, el periodista Carlos Ulanovsky, y algunos de sus amigos lo recordaron sobre el escenario.

Jorge Schussheim, músico, escritor, humorista, publicitario, pero además guionista de los monólogos de Tato lo recordó como un hombre generoso. “Siempre tuvo una generosidad extrema. Además era valiente. Un tipo imprescindible para los argentinos y para sus amigos”, comentó, emocionado, y proyectó públicamente que, de vivir, ayer hubiesen estado festejando su cumpleaños “comiendo quesos y tallarines, con amigos como Jacobo Timerman, Magdalena Ruiz Guiñazú, Daniel Rabinovich. Lo extraño muchísimo”.

“Yo leo los titulares de los diarios y cuento las noticias en el escenario agregándoles un comentario jocoso”, dijo Tato en 1963. Del humor político de Bores habló Santiago Varela, arquitecto, documentalista y uno de los libretistas de Tato en su último período. “Buscaba el sentido común de las cosas, era un tipo creíble e inspiraba confianza en su público. Decía lo que todo el mundo sabía pero de otra forma. Su personaje tenía muy claro qué Argentina quería y, un poco, esas cosas se están dando ahora”.

Tato Bores, monologo 2000 (Parte 1)

Tato Bores, monologo 2000 (Parte 2)